30 Bikers Were the First on the Scene of a 14-Car Pileup on I-70 in Kansas — When State Troopers Arrived 11 Minutes Later, Every Single Lane Was Blocked, Every Single Victim Was Stabilized, and Every Single Biker Was on One Knee.
PARTE 1: Para entender esta historia, hay que saber quiénes eran realmente los hombres y mujeres que vestían aquellos chalecos de cuero negro gastado.
Los Girasoles del Asfalto MC, sección de Guadalajara, no eran una banda de delincuentes. No tenían relación con mafias ni clubes ilegales de los que la gente suele temer. Eran un club de motociclistas independientes, la mayoría trabajadores de clase obrera, fundado en 1987 por Carlos Fuentes, un veterano militar que había servido en misiones humanitarias en Bosnia y que ya había fallecido. En sus 37 años de historia, el club jamás había tenido ni 1 solo incidente con la ley.
Sin embargo, por su aspecto, sus parches y el rugido de sus 30 motos personalizadas, eran exactamente el tipo de grupo que hacía que las familias se encerraran en sus coches con llave al verlos llegar a una gasolinera en la autovía A-2.
Habían decidido usar esa imponente presencia para un propósito muy distinto al que la gente imaginaba. Eran rescatistas de carretera.
El club había institucionalizado el “Protocolo de Firmeza” el 14 de agosto de 2010. El nombre venía del tatuaje que “Padre” Olmedo, un antiguo enfermero militar de combate, llevaba en los nudillos: FIRMEZA. La primera regla del manual de 16 páginas, impreso en letras negritas, decía: Ningún miembro de los Girasoles del Asfalto pasará de largo ante una persona en peligro en una carretera española. Jamás. Bajo ninguna circunstancia. Este es el precio de llevar el parche.
Padre Olmedo había visto morir a sus compañeros en Bosnia en 1995 porque la ayuda médica tardó demasiado. Se juró que nunca más dejaría que alguien se desangrara frente a él.
Aquel domingo de septiembre, mientras circulaban por la autovía A-2 en dirección a Zaragoza, el grupo ya había aplicado el protocolo 74 veces en 15 años. Habían reanimado a 23 personas, asistido en partos y sacado a conductores de coches en llamas antes de que llegaran los bomberos. La Guardia Civil de Tráfico los conocía y respetaba en silencio.
A las 15:47 horas, al coronar un cambio de rasante en el kilómetro 103, el puño de Padre Olmedo se alzó en el aire. Frente a ellos, el horror: un choque en cadena de 14 vehículos bloqueaba por completo la autovía. El humo denso, los gritos de pánico y los coches destrozados creaban un escenario dantesco. La patrulla más cercana de la Guardia Civil tardaría al menos 11 minutos en llegar. En ese instante, los 30 motoristas bajaron de sus máquinas en perfecta formación militar, con las caras serias y los botiquines en mano. Los testigos, atrapados entre el metal retorcido, los miraron con pavor, temiendo lo peor de aquellos gigantes vestidos de cuero. No podían creer lo que estaba a punto de suceder…
PARTE 2: El protocolo se activó con la precisión de un reloj suizo en cuestión de segundos. Para cuando las 30 motos se detuvieron en el arcén, los miembros se dividieron en 4 grupos especializados.
El grupo 1, encargado del bloqueo de carriles, estuvo liderado por el capitán de ruta Diego, alias “Diesel”. Junto a 8 compañeros, cruzaron 12 pesadas motocicletas en ambas direcciones de la A-2, estableciendo un perímetro de seguridad a 50 metros del accidente. Colocaron triángulos reflectantes cada 15 metros y organizaron un corredor de emergencia en el arcén izquierdo para que las ambulancias pudieran acceder sin demoras.
El grupo 2, de comunicaciones, estaba a cargo de Santi, un miembro de 49 años que había trabajado como operador del 112 durante 14 años antes de jubilarse. A las 15:48 horas, Santi ya estaba en línea con el centro de emergencias proporcionando coordenadas exactas, el recuento de 14 vehículos implicados, una estimación de 7 a 9 heridos, la dirección del viento y la advertencia de fuga de combustible en 2 coches. Solicitó 4 ambulancias, 2 equipos de excarcelación de bomberos y patrullas de tráfico.
El grupo 3, el equipo de triaje médico, avanzó hacia los restos metálicos con botiquines de trauma que cada miembro lleva obligatoriamente en sus alforjas. Este equipo estaba liderado por Padre Olmedo, el Dr. Mateo (un médico de urgencias jubilado), y Vicente, un bombero voluntario.
El grupo 4 se ocupó del apoyo secundario: calmar a los testigos, repartir mantas térmicas y alejar a los curiosos que intentaban grabar la tragedia con sus móviles.
A las 15:50 horas, solo 3 minutos después de detenerse, los rudos motoristas habían transformado un escenario de caos absoluto en una zona de rescate perfectamente controlada.
El Dr. Mateo y Padre Olmedo se dirigieron hacia un monovolumen plateado volcado. Allí encontraron al conductor, Tomás Delclaux, de 56 años, inconsciente y sufriendo un neumotórax a tensión. Usando una aguja de descompresión de su botiquín, el Dr. Mateo realizó una intervención de urgencia en el asfalto. En 90 segundos, la respiración del hombre se estabilizó.
Mientras tanto, en un Honda Civic rojo que había trompeado hacia la mediana, una de las integrantes del club, María, localizó a Marta Ribas, de 31 años, inconsciente y con un traumatismo craneoencefálico severo. En el asiento trasero, su hijo Javi, de 4 años, lloraba aterrorizado. María entró por la puerta del copiloto para mantener inmóvil el cuello de Marta, asegurando su vía aérea. Vicente sacó al pequeño Javi, lo envolvió en 1 manta y se sentó con él en el suelo de la mediana. Le habló con voz suave sobre su propia hija de la misma edad hasta que el niño se calmó y se durmió apoyado en su pecho.
En otro coche, Diego y Hugo estabilizaban a 2 heridos con posibles lesiones cervicales, sosteniendo sus cabezas sin moverse durante minutos interminables. Lamentablemente, en una furgoneta aplastada en la cabecera del choque, otros 2 compañeros confirmaron el fallecimiento del conductor. Cubrieron el cuerpo con respeto con 1 lona de su equipaje y continuaron ayudando a los vivos. Padre siempre nos decía: “Primero los vivos. Lloraremos a los muertos más tarde”.
A las 15:58 horas, la patrulla de la Guardia Civil de Tráfico, conducida por el sargento Daniel Merino, llegó al kilómetro 103 de la A-2. El sargento, un veterano con 19 años de servicio y misiones militares a sus espaldas, esperaba encontrar un caos ingobernable. Al bajar de su coche, se quedó helado.
Vio un perímetro perfecto, triángulos colocados, un carril libre para emergencias y a 12 motoristas controlando el tráfico en silencio absoluto. Vio a un motero de aspecto rudo meciendo a un niño dormido, a una mujer motera sosteniendo el cuello de una madre inconsciente, y a un médico jubilado junto a un hombre con una aguja en el pecho.
El sargento Merino tomó su radio y transmitió un mensaje que quedaría registrado para siempre: “Central, aquí Unidad 7-Tráfico. Estoy en el kilómetro 103. Escena asegurada. Repito, escena asegurada por los Girasoles del Asfalto. Hay 7 heridos estabilizados y 1 fallecido confirmado y cubierto. Avisen a las ambulancias de que esto es una transferencia directa. Este es el triaje más profesional que he presenciado en 19 años de servicio. Que conste en el informe”.
Aquel audio de la centralita fue revisado por la capitana Elena Belmonte, portavoz de la Guardia Civil, quien, conmovida por la veracidad del relato, publicó un comunicado oficial en la página de Facebook del cuerpo el miércoles siguiente.
Para el viernes por la tarde, la publicación superaba 1.4 millones de compartidos. Los informativos nacionales e internacionales abrieron sus emisiones con la historia de los 30 motoristas de Guadalajara. Sin embargo, fiel a las reglas de Padre, el club rechazó todas las entrevistas. “No rodamos para ser famosos”, decía Padre. “Rodamos para ser los que se detienen”.
Hoy, 3 meses después, los 7 heridos se han recuperado por completo. Tomás Delclaux acudió al local del club para abrazar al Dr. Mateo. Marta Ribas llamó a María al hospital llorando para darle las gracias por permitirle seguir siendo madre.
Desde aquel día, 17 clubes de moteros de toda España han solicitado el “Protocolo de Firmeza”. Padre les ha enviado copias gratuitas con una nota manuscrita: “El parche no es para lucirse en las concentraciones. El parche es lo que haces por un extraño en la carretera cuando nadie te está mirando”.
El domingo pasado María pasó sola por el kilómetro 103 de la A-2. Se detuvo y apagó el motor. En la mediana, ahora brilla una pequeña placa metálica colocada por la Dirección General de Tráfico que reza: “En agradecimiento a los primeros intervinientes del club Girasoles del Asfalto MC, quienes el 28 de septiembre detuvieron su marcha aquí y salvaron 7 vidas”.
No había nombres propios. No hacían falta. Algunos parches no se llevan para ser vistos. Se llevan para ser los primeros en detenerse.
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