A medianoche mi jefe me pidió fingir ser su novia 7 días en Segovia. Llegué y su ex prometida Beatriz brindaba con su familia mientras yo cargaba las maletas como su asistente. Me miró y soltó: "Álvaro podría estar con cualquier mujer de su entorno". No lloré, dejé mi renuncia sobre la cama y me fui al garaje, donde encontré la carpeta donde guardaba cada nota mía desde hace dos años.
PARTE 1
—Necesito que finjas ser mi novia durante 7 días.
Lucía Ferrer creyó que había entendido mal. Eran casi las 00:00, seguía frente al portátil en el despacho madrileño de Álvaro Santamaría y su jefe acababa de pronunciar la única frase capaz de destruir los 2 años que ella llevaba escondiendo lo que sentía por él.
—No.
Álvaro no insistió. Cerró la carpeta que tenía delante y asintió como si acabara de rechazar una reunión.
—De acuerdo. Olvídalo.
Aquello debería haberla tranquilizado.
En cambio, Lucía sintió una decepción tan absurda que terminó preguntando:
—¿Por qué necesitas una novia falsa?
Álvaro respiró hondo. Su madre, Mercedes, celebraría sus 65 años durante una semana en la finca familiar de Segovia. Después de meses escuchando que su hijo vivía exclusivamente para el trabajo, Álvaro había cometido el error de decirle que estaba saliendo con alguien.
Mercedes había exigido conocerla.
—¿Y por qué yo?
Álvaro la miró demasiado tiempo.
—Porque mi familia sabe que confío en ti.
No era toda la verdad, pero Lucía todavía no podía saberlo.
Aceptó con condiciones: 7 días, habitaciones separadas, ninguna muestra de afecto improvisada y, cuando terminara la semana, todo volvería a ser estrictamente profesional.
A la mañana siguiente salieron de Madrid.
En el coche repasaron su falsa historia. Supuestamente llevaban 4 meses juntos, habían tenido su primera cita en una pequeña taberna moderna de Chamberí y él la había besado frente a su portal después de caminar bajo la lluvia.
—¿Quién inventó lo del beso? —preguntó Lucía.
—Yo.
—Demasiado detallado.
—Mi hermana preguntará.
Lucía desvió la mirada hacia la ventanilla porque Álvaro había bajado los ojos hacia su boca.
La finca de los Santamaría parecía más un pequeño hotel rural que una casa familiar. Había jardines, una piscina de piedra, viñedos y casi 30 parientes esperando su llegada.
Mercedes abrazó a Lucía antes incluso de escuchar su apellido.
—Así que tú eres Lucía.
Aquella frase la inquietó.
—¿Me conoce?
—Álvaro habla mucho de ti.
Él carraspeó.
—Es mi asistente.
—Claro —respondió Mercedes con una sonrisa demasiado inteligente—. Tu asistente.
Sus hermanas, Marta e Irene, fueron menos discretas.
Durante la comida preguntaron cuánto llevaban juntos, quién había dado el primer paso y si Álvaro era tan controlador como novio como lo era dirigiendo la empresa.
Pero fue Amalia, la abuela de 91 años, quien dejó la mesa en silencio.
Observó cómo Álvaro apartaba discretamente de la ensalada de Lucía las nueces que ella detestaba y dijo:
—No sé si sois pareja, pero este hombre nunca había mirado a una mujer así.
Álvaro retiró la mano de inmediato.
Lucía sintió que le ardía la cara.
Aquella noche hubo una cena formal. Cuando apareció con un vestido verde oscuro, Álvaro dejó de escuchar a su tío en mitad de una conversación.
—Estás preciosa.
No dijo elegante.
No dijo adecuada.
Preciosa.
Después de cenar, Mercedes obligó a todas las parejas a bailar.
Álvaro colocó una mano en la cintura de Lucía.
—Relájate.
—Toda tu familia nos está mirando.
—Mírame solo a mí.
Lucía cometió el error de obedecer.
Durante varios segundos olvidó que aquello era un trato.
Entonces una voz femenina cortó el momento.
—Vaya. Parece que me he perdido muchas cosas.
Álvaro se quedó inmóvil.
Lucía reconoció a la recién llegada por las fotografías de sociedad.
Beatriz Valcárcel.
Heredera de un importante grupo inmobiliario.
La mujer con la que Álvaro había aparecido en decenas de revistas 3 años antes.
Beatriz sonrió y extendió una mano hacia Lucía.
—Supongo que tú eres la nueva novia.
Marta dejó la copa sobre la mesa.
Mercedes perdió la sonrisa.
Y Lucía comprendió que nadie le había contado la parte más importante.
Beatriz no había sido simplemente una antigua pareja de Álvaro.
Había sido su prometida.
PARTE 2
Lucía esperó hasta quedar a solas con Álvaro.
—¿Estuviste prometido con ella?
—Durante 5 semanas.
—Las promesas no dejan de existir porque duren poco.
Álvaro explicó que las 2 familias habían intentado unir intereses empresariales. Él rompió el acuerdo cuando comprendió que Beatriz veía el matrimonio como otra operación financiera.
Pero Beatriz permaneció en la finca.
Durante 2 días convirtió cada comida en una competición silenciosa.
—Debe de ser extraño salir con tu jefe —comentó delante de Mercedes—. Sobre todo cuando tu sueldo depende de él.
Lucía sostuvo su mirada.
—Solo sería extraño si alguno confundiera autoridad profesional con autoridad personal.
Mercedes ocultó una sonrisa.
Beatriz no.
Aquella misma noche ocurrió algo peor.
Gabriel, responsable de seguridad de Álvaro, lo apartó durante la cena. Un antiguo socio llamado Ramiro Cifuentes había accedido sin permiso a unas oficinas de la empresa buscando documentación de una operación hotelera.
Y había preguntado por Lucía.
—¿Por mí?
Álvaro no intentó suavizarlo.
—Te han visto conmigo. Ahora creen que eres importante para mí.
Lucía sintió frío.
—Sabías que tenías problemas empresariales y aun así me trajiste aquí sin explicarme nada.
—Nunca pensé que llegarían a interesarse por ti.
—Pero podía ocurrir.
Álvaro guardó silencio.
Eso fue suficiente.
Lucía subió a preparar la maleta.
Minutos después, Mercedes entró en la habitación y la encontró doblando ropa.
—Mi hijo ha cometido una estupidez.
—Varias.
Mercedes sonrió tristemente.
—Pero hay una cosa en la que no está fingiendo.
Lucía levantó la mirada.
—¿Cuál?
—En cómo te mira.
Y entonces Mercedes añadió algo que cambió completamente la semana:
—Lleva 2 años hablando de ti.
PARTE 3
Lucía dejó la blusa que tenía entre las manos.
—Eso no significa nada.
Mercedes se sentó en el borde de la cama.
—Cuando Álvaro empezó a trabajar contigo decía: “mi asistente ha organizado esto”, “mi asistente ha llamado a tal persona”. Unos meses después desapareció “mi asistente”. Todo era Lucía.
Lucía no respondió.
—“Lucía cree que deberíamos cambiar de proveedor”. “Lucía dice que llevo demasiadas horas trabajando”. “Lucía encontró un hotel que encaja con el proyecto”. Incluso sabía cuándo estabas enfadada con él.
—Trabajo a su lado.
—Precisamente. Llevo 65 años en este mundo y 38 observando a mi hijo. Créeme cuando te digo que Álvaro no habla de nadie como habla de ti.
Lucía sintió que todas las certezas de los últimos 2 años comenzaban a moverse.
Encontró a Álvaro en el garaje hablando con Gabriel.
El coche que debía llevarla de vuelta a Madrid esperaba encendido.
—Necesito preguntarte algo.
Álvaro pidió a Gabriel que se alejara.
Lucía fue directa.
—Cuando dijiste a tu madre que estabas con alguien, ¿pensabas en una mujer concreta?
Álvaro tardó en contestar.
—No tenía ninguna relación.
—No he preguntado eso.
Él cerró los ojos un instante.
—Pensaba en ti.
Lucía dejó de respirar.
Álvaro explicó que todo había ocurrido meses antes. Mercedes lo había llamado mientras él cenaba solo después de una jornada interminable.
La noche anterior, sin embargo, había trabajado hasta tarde con Lucía.
Habían pedido tortilla, croquetas y una pizza absurda porque ninguno quería perder tiempo buscando un restaurante abierto. Lucía había pasado media hora riéndose después de que Álvaro enviara por error un correo vacío a 11 consejeros de administración.
Cuando regresó a casa, el silencio de su ático le resultó insoportable.
Al día siguiente, su madre volvió a preguntarle cuándo conocería a una mujer capaz de soportarlo.
Álvaro respondió que ya existía alguien.
—¿Por qué pensaste en mí? —preguntó Lucía.
—Porque eras la persona que quería encontrar cuando llegaba a casa.
Aquello fue peor que cualquier declaración perfecta.
Porque sonaba verdadero.
Lucía se acercó.
—Entonces, cuando necesitabas traer una supuesta novia a la finca, ¿por qué no buscaste a cualquier mujer?
—Porque no quería fingir con cualquiera.
—Conmigo también estás fingiendo.
Álvaro sostuvo su mirada.
—Esa es la parte complicada.
Lucía sintió un nudo en el pecho.
—Explícate.
—Mi familia tenía que creer que estaba enamorado de ti.
—Sí.
—Y sabía que podrían creerlo porque yo no tendría que interpretar esa parte.
El silencio entre ambos se volvió insoportable.
Lucía dio un paso atrás.
—¿Desde cuándo?
Álvaro bajó la voz.
—Desde hace casi 2 años.
Ella soltó una risa nerviosa.
—Eso es imposible.
—Fiesta de Navidad. Primer año.
Lucía se quedó paralizada.
Recordaba perfectamente aquella noche. Había bebido 2 copas de vino y, mientras esperaban un taxi, le había dicho que sus ojos verdes eran ridículamente bonitos.
Después pasó 3 días evitando mirarlo.
—Tú lo recuerdas.
—Perfectamente.
Lucía se cubrió la cara.
—Qué vergüenza.
Álvaro sonrió por primera vez aquella noche.
Después recuperó la seriedad.
—También comprendí que tú sentías algo.
—¿Y nunca dijiste nada?
—Era tu jefe.
Lucía bajó lentamente las manos.
—¿Esa fue la razón?
—Dependías de ese empleo. Yo decidía tu salario, tus proyectos y buena parte de tu futuro profesional. No quería que algún día te preguntaras si aceptaste estar conmigo porque realmente querías o porque temías perder tu trabajo.
Lucía había imaginado muchas razones para explicar la distancia de Álvaro.
Nunca aquella.
—Entonces, ¿por qué me pediste fingir esta semana?
Él soltó una breve risa sin humor.
—Porque fui egoísta.
—Continúa.
—Quería saber durante 7 días cómo se sentiría tener una vida contigo.
Aquello derribó la última defensa de Lucía.
Se acercó hasta quedar frente a él.
—Había una regla sobre los besos.
—La recuerdo.
—Queda anulada.
Álvaro la miró.
—Lucía, estás enfadada conmigo.
—También llevo casi 2 años enamorada de ti. Puedo estar enamorada y enfadada simultáneamente.
Por primera vez, Álvaro pareció no encontrar una respuesta.
—Bésame.
Él no se movió.
—¿Estás segura?
Lucía sujetó suavemente la solapa de su chaqueta.
—Completamente.
El beso no tuvo nada de aquella seguridad con la que Álvaro dirigía reuniones, negociaciones o cenas familiares.
Fue lento.
Cuidadoso.
Casi prudente.
Como si todavía temiera cruzar una frontera que durante 2 años se había obligado a respetar.
Fue Lucía quien terminó acercándolo más.
Cuando se separaron, ambos estaban sonriendo.
Entonces Gabriel apareció en la puerta.
—Siento interrumpir, pero tenemos novedades sobre Cifuentes.
El problema era más serio de lo previsto.
Ramiro Cifuentes había sido socio minoritario de una empresa vinculada al grupo Santamaría. Tras perder varios contratos, llevaba meses intentando demostrar que Álvaro había actuado contra él.
No había encontrado nada.
Así que había empezado a buscar información privada con la esperanza de obtener alguna ventaja.
La policía ya investigaba el acceso ilegal a las oficinas.
Pero las fotografías de la celebración familiar habían creado una oportunidad inesperada.
En algunas aparecía Lucía junto a Álvaro.
Cifuentes había asumido que ella podía ser utilizada para presionarlo.
Álvaro reaccionó inmediatamente.
—Lucía vuelve a Madrid.
—No estamos discutiendo esto.
—Entonces tenemos otro problema.
—Tu seguridad está por encima de cualquier conversación.
Lucía cruzó los brazos.
—Hace 10 minutos me has explicado que nunca quisiste aprovechar tu posición sobre mí. No empieces ahora a decidir mi vida porque estás asustado.
Álvaro apretó la mandíbula.
—No quiero exponerte.
—Entonces dame información. No órdenes.
Gabriel, a unos metros, disimuló una sonrisa.
Álvaro lo miró.
—Ni una palabra.
—No he dicho nada.
Lucía decidió quedarse, aunque con seguridad reforzada y con la condición de conocer cualquier novedad.
Por primera vez desde que comenzó aquella semana, dejaron de fingir entre ellos.
Cuando Álvaro buscaba su mano durante la cena, ya no había actuación.
Cuando Lucía se apoyaba en su hombro, no existía ningún familiar al que convencer.
Marta tardó exactamente 1 comida en darse cuenta.
Los observó desde el otro extremo de la mesa.
—Ahora sí.
Lucía casi dejó caer el tenedor.
—¿Ahora sí qué?
—Ahora sois pareja.
—Llevamos varios días diciendo que somos pareja.
Marta negó con la cabeza.
—No. Antes parecías tú intentando no mirarlo y él intentando no respirar demasiado cerca de ti. Ahora parecéis 2 adolescentes insoportables.
Irene empezó a reírse.
Mercedes levantó su copa.
—Yo no pienso preguntar nada.
—Porque ya lo sabías —protestó Álvaro.
—Una madre sabe muchas cosas.
Beatriz, sentada frente a ellos, dejó los cubiertos sobre el plato.
—Esto es ridículo.
La mesa quedó en silencio.
Había soportado durante días comentarios, bromas y miradas familiares. Pero ver a Álvaro y Lucía comportándose como una pareja real parecía haber terminado con su paciencia.
—¿Qué parte? —preguntó Marta.
Beatriz señaló discretamente a Lucía.
—Toda esta situación. Álvaro podría estar con cualquier mujer de su entorno. Alguien que entienda las obligaciones de una familia como esta.
Lucía permaneció callada.
Pero Mercedes no.
—Lucía entiende perfectamente esta familia.
—Mercedes, sabes a qué me refiero.
—Sí. Por desgracia, lo sé.
Beatriz se tensó.
Mercedes continuó:
—Hablas de apellidos, sociedades y apariencias. Precisamente las cosas que casi hicieron desgraciado a mi hijo hace 3 años.
—Nuestro compromiso beneficiaba a todos.
Álvaro dejó la copa.
—Excepto a mí.
Beatriz lo miró.
—Tu padre lo habría entendido.
El ambiente cambió.
El padre de Álvaro había fallecido años antes y todos sabían que su opinión seguía teniendo peso emocional en la familia.
Mercedes palideció.
Álvaro respondió con una calma mucho más dura que un grito.
—Mi padre quería que continuara el negocio familiar. No que convirtiera mi vida personal en un contrato.
Beatriz se levantó.
—Algún día descubrirás que los sentimientos no mantienen un imperio.
Lucía habló entonces.
—Quizá. Pero utilizar a las personas tampoco.
Beatriz tomó su bolso y abandonó la mesa.
La discusión fue incómoda, intensa y completamente necesaria.
Aquella noche Mercedes pidió disculpas a Álvaro.
Reconoció que años atrás ella tampoco había detenido el compromiso con Beatriz porque pensaba que era conveniente para la familia.
—Confundimos protegerte con organizarte la vida —admitió.
Álvaro miró a Lucía.
—Últimamente estoy aprendiendo bastante sobre esa diferencia.
2 días después llegó el cumpleaños de Mercedes.
Había más de 100 invitados, música en el jardín y largas mesas frente a los viñedos.
Por unas horas todo pareció normal.
Álvaro pronunció un discurso sobre su madre, sus hermanas y los años difíciles después de perder a su padre.
Lucía terminó llorando.
—No estoy llorando —protestó cuando él la encontró cerca de la terraza.
—Tienes lágrimas.
—Es alergia.
—En noviembre.
—Una alergia muy específica.
Álvaro sonrió.
Caminaron hacia una zona apartada del jardín.
—Mañana termina oficialmente nuestra mentira —dijo Lucía.
—7 días.
—Exactamente.
Ella lo miró.
—Así que tendremos que decidir qué empieza después.
Álvaro tardó unos segundos en comprender.
Cuando lo hizo, toda la tensión de su rostro desapareció.
—¿Quieres que empiece algo?
—Entonces hay otra cosa que debemos cambiar.
Lucía arqueó una ceja.
—No quiero continuar siendo tu jefe directo.
Ella dejó de sonreír.
—¿Me estás despidiendo después de besarme?
—Precisamente intento evitar algo así.
Álvaro había hablado esa misma mañana con recursos humanos y con el consejo. Existía una vacante como responsable adjunta de operaciones en la división hotelera, con mejor salario, equipo propio y dependencia directa de otra directora.
Lucía podría aceptar o rechazarla sin consecuencias.
—¿Cuándo pensaste todo esto?
—Hace bastante.
—¿Cuánto?
Álvaro pareció incómodo.
—Aproximadamente 18 meses.
Lucía se quedó mirándolo.
—Eres completamente imposible.
—Necesitaba saber que, si algún día ocurría algo entre nosotros, podrías marcharte de mi despacho sin perder independencia.
Lucía sintió que aquellas palabras significaban más que cualquier regalo.
Se acercó para besarlo.
Entonces un ruido seco llegó desde la entrada principal.
Después hubo gritos.
Gabriel apareció corriendo mientras varios miembros de seguridad pedían a los invitados que permanecieran dentro.
Cifuentes había aparecido alterado en la entrada de la finca y había provocado un incidente con un arma legalmente registrada. El estruendo había sido al aire y nadie había resultado herido.
Los agentes que trabajaban como refuerzo de seguridad lo redujeron en pocos minutos.
Lo más inquietante fue que había pronunciado el nombre de Lucía.
Más tarde se supo la verdad completa.
Su empresa estaba prácticamente arruinada.
Había intentado conseguir documentos para impedir que el grupo Santamaría cerrara una operación que terminaría de dejarlo fuera del mercado.
No existía ninguna gran conspiración.
Solo un hombre desesperado tomando decisiones cada vez peores.
Pero para Álvaro aquello confirmó su mayor miedo.
Horas después, Lucía lo encontró solo en el despacho de la finca.
—Esto es exactamente lo que quería evitar —dijo él.
—¿Que alguien pierda completamente el control?
—Que mi vida termine afectando la tuya.
Lucía se sentó frente a él.
—¿Quieres terminar lo nuestro?
Álvaro levantó inmediatamente la cabeza.
—Quiero que estés segura.
—No es la misma respuesta.
—Si estar conmigo significa exponerte…
—No decidas por mí.
Lucía continuó:
—Puedes contarme los riesgos. Puedes explicarme lo que ocurre. Puedes decirme que tienes miedo. Pero no puedes convertir tu miedo en una decisión que yo no he tomado.
Él bajó la mirada.
—Tienes razón.
—Otra vez.
—No te acostumbres.
Lucía sonrió.
—Mi condición es sencilla. Verdad completa. Nada de ocultarme información “para protegerme”.
—Aceptado.
—Y jamás vuelvas a llamarme cerca de medianoche para pedirme una novia falsa sin explicar todos los detalles.
—Eso limita bastante mis opciones.
—Sobrevivirás.
Álvaro tomó su mano.
—Entonces, ¿te quedas?
Lucía entrelazó los dedos con los suyos.
—He esperado casi 2 años para que hicieras algo. Sería bastante absurdo marcharme justo ahora.
Álvaro la miró con auténtica sorpresa.
—¿Has dicho que llevabas 2 años esperando?
—No empieces.
—Casi 2 años.
—Álvaro.
—Voy a recordar esto toda mi vida.
Lucía estuvo a punto de responder con una broma.
No lo hizo.
Porque “toda mi vida” había sonado demasiado bien.
El lunes regresaron a Madrid.
Lucía aceptó el nuevo puesto.
Tenía despacho propio, equipo propio y una directora a la que reportar que no tenía ninguna relación sentimental con ella.
La primera discusión con Álvaro llegó 4 días después.
Él cambió una reunión importante con solo 3 horas de antelación.
Lucía entró en su despacho.
—No puedes hacer esto.
—Soy el director general.
—Y aparentemente eres un director general que todavía no sabe utilizar una agenda.
—Eras más amable cuando eras mi asistente.
—Mentira.
Su relación no fue perfecta.
Precisamente por eso funcionó.
Lucía temía convertirse en una mujer cuya identidad quedara escondida detrás de un hombre poderoso.
Álvaro temía utilizar sin querer su posición económica o profesional para condicionar las decisiones de ella.
Así que aprendieron a hablar.
A veces discutían.
A veces necesitaban horas para entenderse.
Pero dejaron de esconder las conversaciones difíciles.
10 meses después se mudaron juntos.
1 año después del cumpleaños de Mercedes regresaron a la misma finca de Segovia.
Misma familia.
Misma mesa enorme.
Misma abuela Amalia preguntando cuestiones que nadie quería responder.
—Yo sabía desde el primer día que estabais enamorados —declaró Amalia.
Marta protestó.
—Abuela, todos lo sabíamos.
—Yo primero.
Mercedes miró a Álvaro.
—¿Y vosotros cuándo vais a casaros?
—Mamá.
—Tengo 66 años.
—Eso no es ninguna emergencia.
—Para mí sí.
Lucía miró a Álvaro.
—Todo esto es culpa tuya.
—Tú aceptaste ser mi novia.
—Temporalmente.
—El contrato se amplió.
Después de cenar caminaron por el jardín.
Lucía notó que Álvaro estaba demasiado callado.
—¿Qué escondes?
—Nada.
—Mientes fatal conmigo.
Él respiró hondo y metió una mano en el bolsillo.
Lucía dejó de caminar.
Sacó una pequeña caja.
Ella miró hacia las ventanas de la finca.
De repente desaparecieron varias cabezas detrás de las cortinas.
—Tu familia lo sabe.
—Toda.
—Son horribles.
Álvaro se arrodilló.
Y Lucía perdió de golpe cualquier capacidad para bromear.
—Hace 3 años eras la mujer que sabía cómo tomaba el café, qué reuniones odiaba y cuándo necesitaba dejar de trabajar aunque yo insistiera en lo contrario.
Los ojos de Lucía se llenaron de lágrimas.
—Hace 2 años eras la mujer de la que estaba enamorado y a la que no podía pedirle nada porque yo tenía demasiado poder sobre su trabajo.
Abrió la caja.
Dentro había un anillo sencillo y elegante.
—Hace 1 año aceptaste fingir durante 7 días que querías compartir una vida conmigo.
—Y resultó que aquella fue la mentira más inútil que hemos contado nunca.
Lucía empezó a llorar.
—No quiero volver a pedirte que finjas nada. Quiero discutir contigo por calendarios, verte ocupar tu propio espacio, escuchar cómo me dices que estoy equivocado y seguir encontrándote en casa cuando termine el día.
Respiró profundamente.
—¿Quieres casarte conmigo de verdad?
Lucía se secó una lágrima.
—Tengo condiciones.
Álvaro dejó caer la cabeza.
—Por supuesto.
—Café cada mañana.
—Nada de llamadas sentimentales cerca de medianoche.
—Y jamás otra novia falsa.
—Esa condición pienso cumplirla toda mi vida.
Lucía miró el anillo.
Después lo miró a él.
—Entonces sí.
Un grito atravesó el jardín.
Mercedes.
Después llegaron los aplausos.
Marta abrió una ventana.
—¡Podéis besaros ya!
Álvaro se puso de pie.
—Mi familia es insoportable.
Lucía rodeó su cuello con los brazos.
—Ahora también es mi familia.
Y lo besó.
1 año antes, Álvaro había creído que estaba pidiendo un favor sencillo.
7 días.
Una novia falsa.
Una mentira para tranquilizar a su madre.
Pero Mercedes lo había visto.
Amalia lo había visto.
Sus hermanas lo habían visto.
Probablemente Álvaro también lo sabía mucho antes de reconocerlo.
Porque el problema nunca había sido fingir que Lucía estaba enamorada de él.
El problema había sido que ambos llevaban casi 2 años fingiendo exactamente lo contrario.
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