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Bajo el agua, con los ojos del jaguar encima

Esa escena que te dejó sin aire tiene una continuación, y arranca justo ahora, con el barro todavía metido entre los dientes.

El sargento Ramiro Cifuentes apretó el puño y contuvo la respiración, porque el hombre que llevaban seis días persiguiendo estaba a menos de dos metros de sus botas, hundido en un charco de agua podrida con apenas las fosas nasales fuera de la superficie. El resto del escuadrón avanzaba en silencio, abriéndose en abanico por la maleza, y ninguno de ellos sabía todavía que la presa los estaba viendo desde abajo, con los ojos abiertos y los pulmones ardiendo como yesca.

Ese era el momento exacto. El que te dejó con el corazón apretado y la pregunta pegada en la garganta. Y lo que vino después es lo que nadie te contó.

Los seis días que trajeron a todos hasta ese charco

La selva del bajo Caquetá no perdona. Ni al que huye, ni al que persigue.

Ramiro Cifuentes llevaba diecinueve años en el comando táctico de la zona. Había rastreado a decenas de hombres por esos montes, y sabía leer el terreno como un libro abierto. Una rama partida, una huella a medias, el vuelo interrumpido de un pájaro: todo hablaba.

El fugitivo se llamaba Nelson Mahecha, y llevaba once días desaparecido desde que se había escapado de la caravana que lo trasladaba a la cárcel de Florencia. No era un delincuente cualquiera. Tenía información que, según los informes que llegaban cada mañana al puesto de mando, podía hundir a una red entera.

—Ese hombre no se pierde solo —le había dicho el teniente Salazar la primera mañana—. Ese hombre sabe moverse en el monte. Y eso nos complica.

Ramiro se había pasado la lengua por los dientes y había asentido sin decir nada. Sabía lo que eso significaba. Significaba días de caminata bajo un sol que calcinaba, noches sin dormir, picaduras de toda clase de bichos, y la certeza de que cualquier error se pagaba caro.

El escuadrón lo formaban ocho hombres. Gente curtida. Muchachos que habían crecido escuchando el ruido de los helicópteros y aprendiendo a distinguir el canto de un turpial del silbido de una bala. Ninguno se quejaba. Se movían como una sola sombra.

Los primeros cuatro días los pasaron subiendo por el filo de una montaña. Encontraron su rastro en un ranchito abandonado donde todavía humeaba una fogata. Un pedazo de pan duro, una cantimplora vacía, una cuerda cortada.

—Vamos por buen camino —dijo el cabo Ibáñez, un costeño flaco que siempre hablaba con chiste—. Ese man ni siquiera tuvo tiempo de comerse el pan.

Ramiro no se rió. En su experiencia, cuando el fugitivo empezaba a dejar cosas atrás, era porque estaba corriendo desesperado. Y un hombre desesperado era un hombre impredecible.

El quinto día perdieron el rastro.

El sexto lo recuperaron.

Y el séptimo, al amanecer, lo encontraron escondido bajo el agua del charco.

El charco que se tragó a un hombre

El agua era marrón y espesa, con una película de hojas podridas flotando en la superficie. Olía a hierro y a cosa muerta. Nelson se había metido ahí porque no le quedaba otra.

Llevaba dos horas aguantando. Las piernas le temblaban de frío y de cansancio. Tenía una herida abierta en el costado izquierdo, de un raspón que se había hecho al saltar un tronco, y la sangre mezclada con el lodo le picaba como si le estuvieran quemando la piel con un fósforo.

Pero lo peor era la cabeza.

Porque Nelson había visto la guerra desde los dos lados. Había sido soldado antes que fugitivo, y sabía perfectamente cómo trabaja un comando táctico. Sabía que venían en fila, que se comunicaban con señas, que avanzaban despacio cubriendo los flancos.

También sabía que tarde o temprano iban a mirar el charco.

Y ahí estaba el problema: no podía salir. Si sacaba la cabeza, lo veían. Si se movía, el agua ondulaba y lo delataba. Solo podía quedarse quieto, con los ojos abiertos bajo la superficie, viendo las sombras de las botas acercarse centímetro a centímetro.

Contuvo el aliento cuando una de esas botas se detuvo justo al borde del charco.

Era Ramiro.

El sargento se quedó quieto. Miró el agua. Miró la maleza. Volvió a mirar el agua.

Nelson podía verlo todo desde abajo, distorsionado por el lodo: la cara curtida, la barba de tres días, la mano apoyada en la correa del fusil. Pensó, por un segundo absurdo, que el tipo tenía cara de cansado. Cara de hombre que también quería llegar a su casa.

Pero Ramiro no era de los que se dejaban ganar por la lástima.

Se agachó.

Metió la mano en el agua.

Y sus dedos rozaron la frente de Nelson.

Doce segundos de infierno

Lo que pasó después fue rápido. Muy rápido.

Nelson salió del agua como un animal, con un rugido que le salió de las tripas y que hizo volar a tres pájaros de un árbol cercano. Se lanzó contra Ramiro con los puños cerrados y los dientes apretados, y por un momento los dos rodaron por el barro.

El cabo Ibáñez gritó algo que nadie entendió. Los otros soldados se abalanzaron, pero el terreno era estrecho, resbaladizo, y el charco se había convertido en una trampa de lodo que se pegaba a las botas como chicle.

Nelson logró zafarse.

Corrió.

No corrió hacia el monte, porque sabía que ahí lo alcanzaban. Corrió hacia un hueco oscuro que había visto antes, entre dos peñascos cubiertos de musgo: la boca de un túnel natural, estrecha, húmeda, con un olor a cueva que salía de adentro como un aliento.

Se metió sin pensarlo.

Y detrás de él, Ramiro se levantó del barro, escupió, y gritó la orden que jamás quería dar.

—¡Deténganlo! ¡No dejen que se meta ahí!

Pero ya era tarde.

El túnel que se cerró como un puño

Adentro estaba oscuro. Oscuro de verdad, como si alguien hubiera apagado el mundo.

Nelson avanzó a gatas, con las manos lastimadas por las piedras, sintiendo que el techo le raspaba la espalda. El aire era húmedo y espeso, y olía a tierra mojada y a murciélago. Podía escuchar los gritos de los soldados afuera, amortiguados por la roca, y el ruido de las botas chapoteando en el lodo.

Sabía que no tenía mucho tiempo.

El túnel se estrechó. Después se abrió. Después volvió a estrecharse. Nelson se golpeó la cabeza contra una estalactita y soltó un quejido que se perdió en el eco. La sangre le corrió por la frente.

Pero siguió.

Porque el hombre que se detiene en un túnel es un hombre muerto.

Adelante, al fondo, empezó a ver una claridad tenue. Un resplandor gris que significaba salida. Y corrió hacia ella, arrastrándose, arañando la piedra, hasta que salió por un hueco estrecho y cayó de bruces sobre un lecho de hojas mojadas.

Al otro lado se oía el río.

Un río ancho, rápido, con el agua turbia arrastrando troncos y ramas. Nelson lo miró. Midió la distancia. Midió su fuerza.

No había otra opción.

Se levantó. Cojeó hasta la orilla. Se metió al agua.

Y el río se lo tragó.

El río que no quería soltarlo

Nelson era buen nadador. Lo había sido desde niño, cuando su papá lo llevaba al río Guayas a bañarse en las tardes calurosas. Pero eso había sido hace treinta años, y ahora tenía el cuerpo golpeado, la herida abierta, y una corriente que tiraba como una mano gigante.

Las primeras brazadas fueron fáciles. Cerró los ojos. Sintió el agua fría en la cara, el ruido blanco del torrente, el golpe de una rama contra su pierna.

Después la corriente lo agarró.

Lo arrastró.

Lo hundió.

Volvió a salir tosiendo agua, con los ojos rojos, buscando aire como un desesperado. Vio el cielo por un segundo y después volvió a hundirse. Una piedra le golpeó el hombro. Otra le raspó la espalda.

Pensó, con una claridad extraña, en su mamá. En la casa de bahareque donde había crecido. En el olor del sancocho de los domingos.

Pensó: “Si me muero aquí, al menos no me matan ellos”.

Y entonces, con un último esfuerzo que le salió del fondo del alma, logró agarrarse de una raíz que colgaba de la orilla. Se aferró. Tiró. Se arrastró fuera del agua.

Quedó tirado en la arena, jadeando, con el cuerpo temblando como un animal recién nacido.

Los soldados venían detrás. Los escuchaba. Voces lejanas, pero acercándose.

Nelson se levantó como pudo. Se internó en la maleza. Y caminó.

Cuando el silencio se volvió más peligroso que los hombres

Caminó dos horas. Después tres. Después perdió la cuenta.

La selva lo iba cerrando. Las ramas le golpeaban la cara. Las espinas le abrían surcos en los brazos. Los mosquitos lo atacaban en enjambres que parecían nubes negras.

Y en algún momento, en algún punto que ya no podía identificar, Nelson se dio cuenta de que los soldados ya no venían detrás.

Se detuvo.

Escuchó.

Solo el zumbido de la selva.

Se dejó caer contra el tronco de un árbol enorme, con la corteza tan dura que parecía cemento. Cerró los ojos. Respiró hondo.

Pensó que lo había logrado.

Pensó que, por primera vez en once días, iba a poder descansar. Solo unos minutos. Solo hasta que le volviera el aliento.

Y entonces lo sintió.

No lo vio. Lo sintió.

Una presencia. Cerca. Demasiado cerca.

Abrió los ojos despacio, con el corazón golpeándole las costillas, y miró hacia los matorrales que tenía al frente.

Entre las hojas, dos ojos dorados lo estaban mirando.

Un jaguar.

El jaguar que llevaba tres días sin comer

Era grande. Más grande de lo que Nelson había imaginado nunca. El pelaje era dorado con manchas negras, y los músculos se le marcaban bajo la piel como cuerdas tensas. Estaba echado, quieto, con la cabeza entre las patas delanteras.

Pero los ojos no se movían.

Nelson se quedó helado. No respiró. No parpadeó.

Había escuchado historias de jaguares toda la vida. La gente del monte decía que el jaguar no ataca de frente, que acecha, que espera, que mide. Decía que un jaguar que te mira fijo ya te escogió como comida.

En la cabeza de Nelson se agolparon los recuerdos de su abuelo, que había sido cazador y que le había enseñado a nunca correr de un felino.

—Si corres, te mata —le decía el viejo, con esa voz ronca de fumador—. Si te quedas quieto, piensa. Y mientras piensa, tú rezas.

Nelson no era rezandero. Pero esa tarde, en medio de la selva, con el corazón en la garganta, sí rezó.

Y el jaguar seguía ahí.

Sin moverse.

Observándolo.

Los segundos que duraron toda una vida

El tiempo, en esos momentos, se estira como chicle.

Nelson podía escuchar su propia sangre. Podía escuchar el zumbido de una mosca. Podía escuchar, a lo lejos, el ruido del río que lo había escupido.

Y podía escuchar, muy cerca, la respiración pesada del jaguar.

Se le vino a la cabeza una idea absurda: quizás el animal también estaba cansado. Quizás también llevaba días caminando. Quizás también estaba huyendo de algo.

Pero los jaguares no huyen.

Los jaguares cazan.

El felino movió una pata, apenas. Un pequeño gesto que a Nelson le pareció un trueno. Los músculos del animal se tensaron. La cola se levantó un poco.

Nelson pensó en todas las cosas que no había hecho.

En su hija, que tenía nueve años y que vivía con la abuela en Neiva. En la última vez que la había visto, cuando le había prometido que iba a volver pronto. En el abrazo que le había dado en la puerta de la casa, un abrazo de esos que uno no sabe que son el último.

Pensó en su mamá.

Pensó en el sancocho de los domingos.

Pensó en la vida entera, en todas esas cosas pequeñas que uno da por sentadas hasta que se le paran al frente convertidas en un jaguar hambriento.

Y entonces hizo lo único que podía hacer.

Se levantó.

Despacio.

Muy despacio.

Sin dejar de mirarlo a los ojos.

El rugido que partió la selva en dos

El jaguar se levantó al mismo tiempo.

Los dos quedaron de pie, frente a frente, separados por menos de seis metros. Nelson podía verle los colmillos. Podía verle las garras que asomaban entre las patas.

Sabía que no iba a ganar una pelea. Sabía que si el animal se lanzaba, no había nada que hacer.

Pero también sabía que correr era una sentencia de muerte.

Así que hizo algo que jamás había pensado hacer.

Habló.

—Tranquilo, hermano —dijo, con la voz temblando pero firme—. Yo no vengo a molestarte.

El jaguar parpadeó.

Nelson dio un paso atrás. Después otro. Después otro más.

El animal lo siguió con los ojos, pero no se movió.

Nelson siguió retrocediendo, con las manos abiertas, con la voz suave, hablándole como si le hablara a un perro asustado.

—Tranquilo. Tranquilo. Yo me voy. Yo me voy.

Y entonces, sin avisar, el jaguar abrió la boca y soltó un rugido que hizo temblar las hojas. Un rugido grave, profundo, que le entró a Nelson por el pecho y le heló la sangre.

Pero no se lanzó.

Se quedó ahí.

Mirándolo.

Como si lo estuviera dejando ir.

La huida imposible

Nelson no lo pensó dos veces.

Se dio la vuelta y corrió.

Corrió como no había corrido nunca. Corrió con la herida abierta, con los pies descalzos, con el corazón desbocado. Corrió sin mirar atrás, sin importarle las ramas que le golpeaban la cara, sin importarle las piedras que le cortaban las plantas.

Corrió porque sabía que el jaguar lo estaba dejando escapar, pero que podía cambiar de opinión en cualquier momento.

Corrió hasta que las piernas le fallaron.

Y cayó.

Cayó sobre un claro de hierba alta, con el cuerpo entero temblando, y se quedó ahí tirado, boca arriba, mirando el cielo que se asomaba entre las copas de los árboles.

Respiró.

Respiró como si nunca hubiera respirado.

Y por primera vez en once días, lloró.

Lo que los soldados encontraron dos días después

Ramiro Cifuentes y su escuadrón siguieron el rastro del río durante dos días.

Encontraron la raíz donde Nelson se había agarrado. Encontraron las huellas que se internaban en la maleza. Encontraron, en un claro, la marca de un cuerpo que había caído y se había quedado mucho tiempo tirado.

Y encontraron, muy cerca, las huellas de un jaguar.

Ramiro se agachó a mirarlas. Se pasó la mano por la barba. Y por primera vez en siete días, sonrió.

—Este man está vivo —dijo.

—¿Cómo sabe, mi sargento? —preguntó el cabo Ibáñez.

—Porque si el jaguar lo hubiera matado, no habría huellas después de las del animal. Y mire: hay huellas. Muchas. Y van para allá.

Señaló hacia el oeste, hacia donde la montaña bajaba hacia el valle.

—Ese man se nos escapó.

El escuadrón se quedó en silencio. Nadie dijo nada. Nadie hizo ningún chiste.

Solo se miraron entre ellos, con esa cara que ponen los soldados cuando respetan a un enemigo.

—¿Y ahora qué hacemos, mi sargento? —preguntó otro.

Ramiro se levantó. Se sacudió el polvo de las rodillas. Y miró el horizonte con esa mirada cansada de los hombres que ya han visto demasiado.

—Ahora volvemos —dijo—. Y le contamos al teniente que este hombre se merece otra cosa.

El hombre que llegó al pueblo con los pies destrozados

Nelson llegó al pueblo tres días después.

Entró cojeando, con los pies envueltos en trapos que había arrancado de su propia camisa, con la barba crecida y los ojos hundidos. La gente lo miró con desconfianza desde las puertas de las casas.

Una señora le dio agua.

Un niño le dio un pedazo de pan.

Un anciano lo miró a los ojos y le preguntó, sin rodeos:

—¿Usted es el que andan buscando?

Nelson se quedó quieto.

—Sí —dijo.

El anciano asintió despacio. Después le señaló una banca de madera que había frente a la iglesia.

—Siéntese ahí. Yo le aviso a la policía. Pero primero descanse. Nadie llega de donde usted viene sin necesitar descansar.

Nelson se sentó.

Cerró los ojos.

Y por primera vez en catorce días, dejó de correr.

Lo que Ramiro dijo cuando lo volvió a ver

Se volvieron a encontrar dos semanas después, en una sala de interrogatorios fría, con una mesa metálica en el medio y un tubo fluorescente que zumbaba.

Ramiro entró, se sentó frente a Nelson, y lo miró un buen rato sin decir nada.

Nelson lo miró también.

Los dos hombres se estudiaron.

—Usted es un berraco —dijo Ramiro al fin.

Nelson no respondió.

—Nunca había visto a nadie salirse de un cerco así. Ni con el río, ni con la cueva, ni con el jaguar.

—Yo tampoco —dijo Nelson, con una media sonrisa—. Pero aquí estoy.

Ramiro se recostó en la silla.

—Le voy a ser sincero —dijo—. Yo vine a decirle algo. No vine a interrogarlo.

—¿Ah, sí?

—Sí. Vine a decirle que respeto lo que hizo. Y que si algún día sale de esto, ojalá se acuerde de que hay gente que también respeta a la gente que no se rinde.

Nelson lo miró fijo.

—¿Y eso?

—Eso —dijo Ramiro, levantándose—. Que a veces el monte enseña cosas que uno no aprende en la ciudad.

Y se fue.

Lo que queda cuando ya no queda nada

Nelson Mahecha sigue preso. Cumple una condena larga, de esas que se cuentan en años y no en meses.

Pero cada vez que llega un domingo, se sienta en el patio de la cárcel, mira el cielo, y se acuerda.

Se acuerda del charco.

Se acuerda del río.

Se acuerda del túnel oscuro.

Y se acuerda, sobre todo, de esos ojos dorados que lo miraron desde la maleza y que, por alguna razón que nunca va a entender, decidieron dejarlo vivir.

Le escribió una carta a su hija hace unos meses. Se la dictó a un compañero de patio que sabe escribir bien, y la firmó con su nombre y con un dibujo torcido de un jaguar.

En la carta le dice que la quiere.

Le dice que va a salir algún día.

Y le dice que, cuando salga, la va a llevar al río Guayas, a ese mismo río donde él aprendió a nadar cuando era niño.

Le dice que quiere que ella vea el agua.

Le dice que quiere que ella sepa que, aunque la vida a veces aprieta, siempre hay una orilla a la que uno puede agarrarse.

Y que cuando uno está a punto de ahogarse, hay que confiar en el instinto, en la memoria y en las historias que los viejos contaron.

Porque a Nelson Mahecha lo salvaron tres cosas esa tarde en la selva: la decisión de no correr frente al jaguar, la fuerza que le quedaba para agarrarse de una raíz, y el recuerdo de su mamá diciéndole, cuando era niño, que los hombres que no se rinden siempre encuentran la forma de volver a casa.

Y eso, al final, es lo único que de verdad importa.

Porque bajo el agua, con los ojos del jaguar encima, un hombre aprendió que la vida no se trata de escapar.

Se trata de aguantar.

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