(Parte 2) Historia Completa: ¿Por qué la niña llora arrodillada frente a esa mancha roja en el suelo?
Viste cómo empezaba todo y no pudiste soltar la duda: hiciste bien en venir por el final.
"¡No quiere salir, papi! ¡No quiere salir!"
La voz de Sofía se quebró en mil pedazos cuando pronunció esas cinco palabras, y don Ernesto sintió que algo se le rompía también a él, justo en el pecho, como si alguien le hubiera pasado por encima un camión cargado de preguntas sin respuesta.
La niña estaba arrodillada sobre la alfombra persa de la sala principal, con las manos apretadas contra el vestido celeste de mariposas que su mamá le había mandado a hacer para la fiesta de quince años de la prima Daniela. Tenía las mejillas inflamadas de tanto llorar, la nariz roja y un mechón de cabello castaño pegado a la frente por culpa del sudor.
Frente a ella, sobre la alfombra, se extendía una mancha roja que no medía más de un plato de sopa, pero que parecía tener la fuerza de un océano.
Don Ernesto se agachó despacio, con esa paciencia que solo tiene un abuelo que ha vivido demasiado para sorprenderse de nada, aunque esta vez sí estaba sorprendido, y mucho.
"Mi amor, cálmate. Respira conmigo. Uno, dos, tres…"
Sofía no respiraba. Hipo tras hipo, el llanto no la dejaba.
"Es que… es que se está esparciendo, papi. Se está esparciendo y yo no quiero que llegue a la orilla."
Don Ernesto miró la mancha. Miró a su nieta. Y en ese segundo exacto entendió algo que no cuadraba.
Porque una niña de siete años no llora así por un vaso de vino derramado.
No llora así por una mancha en el piso.
Y menos aún en una fiesta donde hay cincuenta adultos riendo, música de Juan Luis Guerra sonando bajo y meseros cargando bandejas de champaña como si nada pasara.
La fiesta seguía, como si el mundo no se hubiera detenido
Todo el mundo estaba en otra parte.
En el jardín, las tías hablaban de los novios ajenos.
En la terraza, los primos jugaban al dominó y se reían de un chiste que solo ellos entendían.
Dentro de la casa, el aire acondicionado zumbaba como abeja gorda y el perfume de las flores blancas del centro de mesa se mezclaba con el olor a vino tinto y a pollo horneado.
Nadie miraba hacia la sala.
Nadie miraba hacia la niña arrodillada en el suelo, ni hacia el abuelo que intentaba calmarla, ni hacia aquella mancha roja que a los ojos de cualquier adulto habría sido solo un accidente doméstico.
Pero Sofía no dejaba de mirarla.
Y cada vez que intentaba levantarse, volvía a caer de rodillas, como si algo la sujetara desde abajo.
"Papi, ¿y si se vuelve un río? ¿Y si se lleva todo?"
Don Ernesto la abrazó por los hombros.
"¿Un río, mi vida? ¿Por qué dices eso?"
La niña no contestó.
Solo señaló la mancha con el dedo tembloroso y bajó la cabeza.
Don Ernesto sintió un frío raro recorrerle la espalda. No era la primera vez que Sofía decía cosas que no tenían sentido, pero algo en su voz le hizo pensar que la niña no estaba inventando nada.
Estaba describiendo algo.
Algo que había visto.
Algo que sabía.
Y en ese momento, mientras la abrazaba, don Ernesto notó algo duro debajo del lazo enorme del vestido, ese lazo rosa gigante que su mamá le había puesto al lado izquierdo del talle y que parecía un moño de regalo.
Algo que se movía.
Algo que pesaba.
No le dijo nada. Solo pasó la mano, como quien arregla el vestido de su nieta, y entre el satén del lazo encontró un rectángulo tibio, pequeño, de bordes suaves.
Un teléfono.
Un celular encendido, con la pantalla todavía iluminada, escondido entre las tiras del moño como un secreto cosido a mano.
Don Ernesto sintió que la sangre se le iba a los pies.
Levantó la vista lentamente, sin soltar a la niña, sin dejar de acariciarle la cabeza, y sus ojos recorrieron la sala hasta detenerse en la única persona que no había dejado de mirarlos desde el primer minuto.
Sentada en el sofá de terciopelo, con las piernas cruzadas una sobre otra, estaba doña Camila.
Vestida de verde esmeralda, con un vestido de seda que le caía como agua sobre el cuerpo, el cabello recogido en un chongo alto y una copa de vino tinto suspendida entre los dedos como si fuera un cetro.
Elegante.
Impecable.
Sonriendo apenas.
Pero con los ojos fijos en la niña, como quien vigila a un animalito que podría escaparse.
Don Ernesto tragó saliva.
Se levantó despacio, con la niña de la mano, y caminó hacia ella.
La mujer de verde no se movió ni un centímetro
"Camila."
Su voz sonó más grave de lo que esperaba.
"¿Sabe qué es esto?"
Ella levantó una ceja, divertida, como si le hubieran contado un chiste a medias.
"¿Qué cosa, Ernesto?"
Don Ernesto abrió la mano. En su palma, el celular vibraba con un mensaje entrante que no alcanzaba a leer.
La mujer de verde miró el teléfono.
Y su cara cambió.
No fue un cambio pequeño. No fue un gesto de molestia ni un gesto de sorpresa fingida.
Fue como si alguien le hubiera quitado el piso debajo de los pies.
La copa de vino tembló en su mano, se inclinó un poco y unas gotas color sangre cayeron sobre su vestido esmeralda.
Ni las notó.
Su boca se abrió.
Sus ojos se abrieron más.
Y por primera vez en toda la noche, doña Camila pareció no tener nada preparado para decir.
"¿De dónde… de dónde sacaste eso?", susurró.
Don Ernesto no respondió.
Solo miró a Sofía, que seguía a su lado, con los ojos hinchados y la manita apretada en la suya.
Y miró de nuevo a Camila.
Y entonces, muy despacio, abrió la pantalla del celular.
Lo que vio lo dejó helado.
No era un juego.
No era un video.
No era un mensaje de una amiga.
Era una grabación.
De casi tres horas de duración.
Y en la miniatura, se veía claramente la sala de esa misma casa, las mismas cortinas, la misma alfombra persa, la misma mesa del centro con flores blancas.
Y en el borde inferior de la imagen, una mano pequeña, con la uña pintada de rosa, sosteniendo el teléfono con cuidado.
Don Ernesto miró a su nieta.
Sofía lo miró a él.
Y en ese silencio, entre la música que seguía sonando en el jardín y las risas de los primos que seguían jugando dominó, la niña dijo la frase que lo partió en dos:
"Papi, yo lo grabé todo. Yo vi todo. Y no quiero que se lo lleven."
Doña Camila se levantó del sofá.
El vino le chorreaba por el vestido como una herida abierta.
Y por primera vez en toda la noche, dejó de sonreír.
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