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(Parte 2) Historia Completa: La silla vacía del vestíbulo y el nombre de Karina en boca del banco

Esa parte que te dejó con el corazón apretado no termina ahí; lo que viene ahora explica por qué esa mujer no volvió a ser la misma después de esa llamada.

El reloj del vestíbulo marcaba las siete y cuarenta y cinco de la noche cuando doña Marta volvió a mirar la puerta giratoria del hotel por décima vez en cinco minutos.

Llevaba cuarenta minutos sentada en el mismo sillón de terciopelo verde, con el bolso apretado contra el pecho y un pañuelo doblado entre los dedos que ya no sabía si era para el frío o para las lágrimas.

Había llegado puntual, como siempre. A las siete en punto, con el vestido azul marino que se puso para la ocasión y los aretes de perla que su madre le dejó antes de morir.

Sus tres hijos habían prometido estar ahí a las siete. Los tres. Karina, la menor, fue la que organizó todo por WhatsApp, con esa energía suya de siempre, diciendo que era "una cena sorpresa para celebrar a mamá".

Marta se rio sola cuando leyó ese mensaje. ¿Celebrarla a ella? Si llevaba años siendo ella la que celebraba a todos, la que cocinaba para todos, la que llamaba a todos los domingos para preguntar si habían comido.

Pero se dejó querer. Se pintó los labios, se puso perfume, y hasta se rio frente al espejo como una adolescente antes de su primera cita.

Ahora estaba ahí, sola, con el mismo sillón hundido y el mismo portero del hotel que ya la miraba con lástima disimulada.

—¿Desea algo, señora? —le preguntó el joven de la recepción, con esa amabilidad profesional que en realidad era una forma elegante de preguntarle si pensaba quedarse ahí toda la noche.

—No, gracias, hijo. Estoy esperando a mis hijos.

El muchacho asintió y volvió a su pantalla, pero Marta alcanzó a ver el gesto que hizo con la boca. Ese gesto que decía "pobrecita" sin decirlo.

Cuarenta minutos que pesaron como cuarenta años

Karina le había escrito a las siete y diez: "Mami, ya casi llegamos, hay tráfico". A las siete y veinticinco: "Perdón, se nos complicó, en un momento estamos". A las siete y cuarenta, nada. Solo el silencio del chat, ese silencio digital que en los últimos años se había vuelto el idioma favorito de sus hijos.

Marta abrió el chat familiar y leyó los mensajes antiguos. El del cumpleaños de Andrés, que le mandó un sticker de un pastel y ni la llamó. El de Navidad, donde los tres prometieron ir a la casa y al final solo llegó uno. El del día de la madre, donde Karina escribió "te amamos" con emojis de corazones como si el amor se pudiera enviar por notificación.

Guardó el teléfono en el bolso. No como quien guarda un objeto, sino como quien guarda una decepción.

—Señora Marta, ¿le traigo un té mientras espera? —insistió el recepcionista, que ya la conocía de otras veces. Siempre era lo mismo. Siempre la misma espera, el mismo sillón, la misma mujer elegante y sola.

—No, mi amor, gracias. De verdad.

Pero por dentro, algo se estaba rompiendo. No de golpe, como se rompen los platos, sino despacio, como se rompe la paciencia de una madre que ya no puede fingir que no ve lo que ve.

El teléfono que ya no sonaba

Marta pensó en su esposo, que murió hace seis años. Él siempre decía que ella era demasiado blanda, que los hijos se aprovechaban de su corazón, que algún día se iba a cansar.

—Nunca me voy a cansar, Ernesto —le contestaba ella, riéndose—. Son mis hijos.

Pero esa noche, sentada en ese sillón verde que parecía tragársela, Marta sintió por primera vez algo distinto. No era tristeza. No era rabia. Era una mezcla rara, como cuando uno se da cuenta de que estuvo esperando algo que nunca iba a llegar.

Miró la hora otra vez. Las siete y cuarenta y dos.

Cuarenta y dos minutos de espera, sumados a los cuarenta y dos años que llevaba esperando a esos mismos hijos. Esperando que la llamaran, que la visitaran, que la recordaran en algo más que un mensaje de texto.

Y entonces tomó la decisión.

No fue una decisión ruidosa ni dramática. Fue suave, como cuando uno se levanta de la cama en la madrugada y decide que ya no quiere dormir más. Se acomodó el bolso, se pasó la mano por el cabello, y sacó el teléfono con una calma que ni ella misma reconocía.

Buscó el número del banco. Ese número que tenía guardado desde hacía años, desde que su esposo murió y ella quedó a cargo de todas las tarjetas de la familia.

Porque sí. Marta había sido la que puso las tarjetas a nombre de sus hijos. Las que pagaba con su pensión. Las que usaba Karina para "emergencias" que nunca eran emergencias. Las que Andrés usaba para sus "negocios" que nunca daban resultados. Las de Lucía, que vivía en otra ciudad y solo aparecía cuando necesitaba algo.

Marcó el número y esperó.

—Buenas noches, Banco Andino, le habla Sofía, ¿en qué puedo ayudarle?

—Buenas noches, mi amor. Necesito bloquear unas tarjetas adicionales que tengo a mi nombre.

—Por supuesto, señora. ¿Me confirma su número de documento?

Marta lo dio con voz firme. Firme como no había estado en años.

—¿Cuántas tarjetas desea bloquear?

—Tres. Todas las adicionales. A nombre de Andrés, Lucía y Karina Vélez.

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea. El tecleo de la funcionaria se escuchaba como un tamborileo lejano.

—Muy bien, señora. Estoy procesando el bloqueo de las tres tarjetas. ¿Desea que le envíe la confirmación por correo?

—Sí, por favor.

—Listo. Las tres tarjetas quedan bloqueadas a partir de este momento. ¿Algo más en lo que pueda ayudarle?

Marta respiró hondo. Sintió algo raro en el pecho. No era culpa. No era miedo. Era una especie de alivio, como cuando uno suelta una maleta pesada después de cargarla todo el día.

—No, mi amor. Eso es todo. Muchas gracias.

Colgó.

El vestíbulo seguía igual de silencioso, con la música suave de piano y el murmullo del aire acondicionado. Pero adentro de Marta, algo había cambiado. Había cruzado una línea invisible que llevaba cuarenta minutos mirando de lejos.

Y justo en ese momento, el teléfono volvió a sonar.

La llamada que nadie esperaba

Marta miró la pantalla. Era un número desconocido, largo, con un código que no reconocía. Casi no contestó. Casi dejó que se fuera a buzón, porque estaba cansada y quería irse a su casa.

Pero algo le dijo que contestara.

—¿Aló?

—¿Señora Marta Vélez? —dijo una voz de hombre, seria, con un tono que no era de cobrador ni de vendedor. Era un tono de esos que usan los que tienen que decir algo difícil.

—Sí, soy yo. ¿Quién habla?

—Señora, le habla el doctor Ramiro Escobar, del Hospital Central. Necesito confirmar si usted es familiar de Karina Vélez.

El corazón de Marta se detuvo. No metafóricamente. Literalmente se detuvo, como si alguien hubiera apretado un botón de pausa.

—Sí. Es mi hija. ¿Qué pasó? ¿Dónde está?

—Señora, necesito que venga al hospital lo antes posible. Su hija fue ingresada hace una hora. Está en la unidad de cuidados intensivos.

—¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué le pasó?

—Fue un accidente de tránsito, señora. Iba en un vehículo con otras dos personas. Necesitamos que venga y que traiga la documentación de ella.

Marta no podía respirar. Se levantó del sillón de golpe, con el teléfono pegado a la oreja y el bolso cayéndosele del hombro.

—¿Y los otros? ¿Quiénes más iban con ella?

El doctor hizo una pausa. Una pausa que Marta sintió como un puñal.

—Señora, en el vehículo iban dos personas más. Una de ellas también está siendo atendida. La otra… la otra no sobrevivió.

Marta se llevó la mano a la boca. El vestíbulo del hotel, con su música de piano y su sillón verde, se volvió borroso.

—¿Quiénes? —alcanzó a preguntar—. ¿Quiénes iban con ella?

—Señora, por respeto y por protocolo, preferimos darle esos detalles en persona. Por favor, venga al hospital. Estamos en la entrada de urgencias, le vamos a estar esperando.

—Voy para allá. Voy ahora mismo.

Colgó y se quedó de pie, temblando, con el teléfono en la mano y el mundo derrumbándosele encima.

El recepcionista se acercó corriendo.

—¿Señora Marta? ¿Se siente bien? ¿Necesita que llame a alguien?

—No… sí… necesito un taxi. Ahora.

El camino al hospital

El taxista, un hombre joven de bigote ralo, la miró por el retrovisor mientras arrancaba.

—¿Al Hospital Central, verdad?

—Sí. Lo más rápido que pueda.

El hombre asintió y pisó el acelerador. Las luces de la ciudad pasaban como manchas borrosas por la ventana. Marta apretaba el bolso contra el pecho, como si con eso pudiera apretar también el miedo.

Su cabeza era un torbellino.

Karina. Su Karina. La que hace dos meses le había dicho que estaba "súper ocupada" y no pudo ir a almorzar con ella. La que le mandaba mensajes de "te quiero mucho, mami" pero llevaba seis meses sin pisar la casa. La que esa misma noche iba a llegar a la cena sorpresa.

Y ahora estaba en cuidados intensivos.

Marta cerró los ojos y trató de rezar, pero las palabras no le salían. Solo le salía el nombre de su hija, una y otra vez, como un mantra desesperado.

—Karina. Karina. Mi niña.

El taxista, sin voltear, le dijo con suavidad:

—¿Quiere que ponga la radio, señora? A veces ayuda.

—No. Gracias.

El silencio dentro del taxi era peor que cualquier ruido.

La sala de espera

El hospital olía a desinfectante y a miedo. Ese olor particular que solo existe en las salas de urgencias, donde las familias esperan noticias que pueden cambiarlo todo.

Marta entró corriendo, con los tacones en la mano porque en el apuro se los había sacado para poder caminar más rápido por el parqueadero.

En la recepción de urgencias la esperaba el doctor Ramiro Escobar, un hombre de unos cincuenta años, con canas prematuras y ojeras profundas.

—Señora Marta, gracias por venir tan rápido.

—¿Dónde está mi hija? ¿Cómo está mi hija?

—Su hija está estable. Tiene fracturas en las piernas y un golpe fuerte en la cabeza, pero los signos vitales están respondiendo bien. Está sedada para evitar el dolor.

Marta sintió que las piernas le flaqueaban. El alivio fue tan grande que tuvo que agarrarse del brazo del doctor.

—¿Y los otros? Usted me dijo que iban dos personas más.

El doctor la miró con esos ojos que ya habían dado esa noticia demasiadas veces.

—Señora, ¿le importaría acompañarme a una sala? Es mejor que se siente.

—No quiero sentarme. Quiero saber.

—Por favor, señora. Es importante.

Marta lo siguió por un pasillo largo, con las paredes blancas y las luces frías que hacían que todo se viera como una película sin color.

Entraron a una salita pequeña, con cuatro sillas de plástico y una mesa con revistas viejas. El doctor cerró la puerta.

—Señora Marta, el vehículo en el que iba su hija era conducido por su hijo Andrés.

Marta sintió un frío en la nuca.

—¿Andrés? ¿Andrés estaba manejando?

—Sí, señora. Al parecer iban los tres a la cena que usted estaba esperando. Según el reporte de la policía, el vehículo se pasó un semáforo en rojo y fue impactado por un camión.

Marta se sentó. Ya no pudo más. Se sentó en una de esas sillas plásticas y se cubrió la cara con las manos.

—¿Y Andrés? ¿Cómo está Andrés?

El doctor respiró hondo. Y esa respiración lo dijo todo antes de que las palabras salieran.

—Señora, su hijo Andrés llegó al hospital sin signos vitales. Hicimos todo lo posible, pero no pudimos reanimarlo. Lo sentimos mucho.

El mundo se detuvo. Otra vez.

Marta abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Solo un aire caliente, un jadeo, como si de pronto se hubiera olvidado de cómo se respira.

—No… no puede ser…

—Lo sentimos mucho, señora. De verdad.

—¿Y Lucía? ¿Lucía también iba?

—Sí, señora. Su hija Lucía viajó desde su ciudad para la cena. Iba en el asiento trasero con Karina. Ella también está siendo atendida. Tiene lesiones graves, pero está estable.

Marta se quedó mirando el piso, con los ojos vacíos.

Sus tres hijos.

Los tres.

Los tres que la dejaron esperando cuarenta minutos en un vestíbulo de hotel, ahora estaban en un hospital. Uno muerto. Dos heridos.

Y ella había estado a punto de bloquearles las tarjetas por rencor.

La culpa que no debería existir

Marta empezó a temblar. No de frío. De algo más profundo, de algo que le salía de las entrañas.

—Doctor… —dijo, con la voz quebrada—. Yo acabo de bloquearles las tarjetas a mis hijos. Justo antes de que usted me llamara. Yo estaba tan… tan cansada de esperarlos… y bloqueé sus tarjetas. Como si fueran extraños. Como si no fueran mis hijos.

El doctor la miró con una ternura que solo tienen los que han visto el dolor de cerca.

—Señora, usted no hizo nada malo. Hizo lo que sentía. Y créame, eso no tiene nada que ver con lo que pasó.

—Pero…

—No hay "pero", señora. El accidente fue un semáforo en rojo, un camión y una mala decisión al volante. No fue un castigo. No fue una consecuencia de lo que usted hizo. A veces la vida es simplemente cruel, sin explicaciones.

Marta quería creerle. Necesitaba creerle. Pero adentro, algo le seguía punzando el pecho.

Pensó en Karina. En la niña que le pidió plata para "una emergencia" que resultó ser un concierto. En Lucía, que solo llamaba cuando necesitaba que le pagara el arriendo. En Andrés, que manejaba como si el mundo le debiera algo.

Pero también pensó en las mañanas en que ellos eran chiquitos y se metían a la cama con ella. En las navidades en que los tres peleaban por el turno de abrir los regalos. En el día en que se enteró de que esperaba a Andrés, y lloró de felicidad en el baño.

Eran sus hijos. Sus hijos, con todas sus fallas. Sus hijos, con todo lo que le habían dolido. Sus hijos, que ahora estaban pagando un precio que ella nunca habría querido para ninguno.

La noche más larga

El doctor le dio un vaso de agua y la dejó sola unos minutos. Marta se tomó el agua como si fuera medicina, y luego salió al pasillo.

Afuera, la sala de espera estaba casi vacía. Solo una señora mayor, con un rosario entre las manos, y un hombre joven que hablaba por teléfono con la voz quebrada.

Marta se sentó en una banca de metal y miró el reloj. Las nueve y veinte de la noche. Hacía dos horas que estaba esperando a sus hijos en el vestíbulo del hotel, sin saber que la verdadera espera apenas comenzaba.

Esperar noticias. Esperar que Karina despertara. Esperar que Lucía saliera de cirugía. Esperar… esperar qué, si Andrés ya no estaba.

Cerró los ojos y le habló a su esposo, como le hablaba en las noches difíciles.

—Ernesto… mi amor… dime qué hago. Dime cómo le explico a Karina que su hermano no está. Dime cómo hago para cargar con esto.

No hubo respuesta. Solo el eco del pasillo y el pitido lejano de los monitores.

Pero por primera vez en seis años, Marta sintió que no estaba sola. Porque tenía que estar fuerte. Tenía que estar fuerte para Karina. Para Lucía. Para los nietos que vendrían. Para la familia que quedaba.

Sí. Había bloqueado las tarjetas. Pero no había bloqueado el amor.

La madrugada del reencuentro

A las cuatro de la mañana, una enfermera vino a avisarle que Karina había despertado.

Marta se levantó del asiento con un salto que no sabía que todavía podía dar a su edad.

—¿Puedo verla?

—Sí, pero solo unos minutos. Está débil y sedada, pero la reconoce.

Marta entró a la unidad de cuidados intensivos con el corazón en la garganta. Había cables por todas partes, máquinas que pitaban, y en el centro, en una cama demasiado grande, estaba su hija.

Karina tenía los ojos abiertos, con la mirada perdida pero viva.

—Mami… —dijo, apenas con un hilo de voz.

Marta se acercó, le tomó la mano y la apretó contra su pecho.

—Aquí estoy, mi amor. Aquí estoy.

—Mami, perdónanos… por lo del hotel… íbamos a llegar… Andrés se apuró… por el semáforo… perdónanos…

Marta sintió que el llanto le subía como una marea. Pero no lloró. No ahí. No delante de Karina.

—No pidas perdón, mi niña. No pidas perdón por nada. Yo estoy aquí. Yo siempre voy a estar aquí.

—Andrés… ¿Andrés está bien?

Marta se quedó en silencio un segundo. Un segundo que pesó como un siglo.

—Andrés está en paz, mi amor. Y nosotros vamos a estar bien. Todos vamos a estar bien.

Karina cerró los ojos y una lágrima le resbaló por la mejilla.

—Te quiero, mami.

—Y yo a ti, mi niña. Más que a nada en este mundo.

Marta le acarició el cabello hasta que Karina volvió a dormirse. Y luego, en silencio, salió al pasillo y se dejó caer en la primera silla que encontró.

Y ahí sí lloró.

Lloró por Andrés, que se fue sin despedirse. Lloró por Karina, que estaba viva pero rota. Lloró por Lucía, que todavía no sabía que su hermano había muerto. Lloró por ella misma, por los cuarenta minutos de espera, por el bloqueo de las tarjetas, por todo el rencor que había sentido en ese vestíbulo y que ahora le parecía insignificante.

Lo que quedó después

Los días siguientes fueron como caminar dentro de una neblina.

Lucía salió de cirugía con un diagnóstico reservado, pero viva. Cuando despertó y supo lo de Andrés, gritó durante media hora sin parar. Marta la abrazó en silencio, sin decir nada, porque no había nada que decir.

El funeral de Andrés fue el martes. Asistieron vecinos, amigos, compañeros de trabajo. Gente que hacía años no veía a Marta, gente que le decía "lo siento mucho" sin saber que esas palabras no arreglaban nada.

Karina salió del hospital dos semanas después, en silla de ruedas, con el pelo corto por la cirugía y los ojos distintos. Más grandes, más serios, más llenos de algo que antes no tenían.

Lucía se quedó en la ciudad de Marta para la rehabilitación. Las tres mujeres, madre e hijas, empezaron a vivir juntas en la casa que antes era demasiado grande para una sola persona.

Y un día, Karina le pidió a Marta que la llevara al banco.

—¿Para qué, mi amor?

—Para reactivar mi tarjeta. Si es que puedes, mami. Y si quieres.

Marta la miró largo. Y luego sonrió.

—Claro que sí, mi niña. Claro que puedo.

Fueron juntas al banco. La funcionaria de la ventanilla reconoció a Marta y le sonrió con amabilidad.

—¿Desea reactivar las tres tarjetas, señora?

Marta miró a Karina. Karina miró a Marta.

—Solo una —dijo Karina—. La mía. Las de mis hermanos… ya no hacen falta.

La funcionaria asintió y procesó el trámite en silencio.

Cuando salieron del banco, el sol estaba fuerte y el aire olía a limpio. Karina empujó su silla de ruedas por la acera, y Marta caminó a su lado, sin prisa, sin reloj, sin esperar a nadie.

—Mami —dijo Karina, de pronto—. ¿Por qué bloqueaste las tarjetas esa noche? ¿De verdad estabas tan enojada con nosotros?

Marta se detuvo. Pensó por un segundo. Y luego contestó con una honestidad que nunca antes se había permitido.

—No estaba enojada, mi amor. Estaba cansada. Cansada de esperarlos. Cansada de ser siempre la que espera. Y esa noche, por primera vez en años, decidí no esperar más.

Karina bajó la vista.

—Perdón, mami.

—Ya no pidas perdón, mi niña. Lo que pasó, pasó. Y de todo esto me quedó una sola lección.

—¿Cuál?

Marta la miró con esos ojos que habían visto demasiado.

—Que el amor no se demuestra bloqueando tarjetas ni desbloqueándolas. Se demuestra estando. Estando de verdad. Presente. Sin excusas. Sin mensajes de WhatsApp que dicen "te quiero" pero que no van a ningún lado.

Karina asintió, con los ojos húmedos.

—Voy a estar, mami. Te lo prometo. Voy a estar.

—Yo sé, mi niña. Yo sé.

Siguieron caminando por la acera, lentas, en silencio, con el sol sobre la espalda y el peso del pasado sobre los hombros pero también con algo nuevo, algo que se parecía al comienzo de algo.

Lo que Marta nunca le contó a nadie

Marta nunca le contó a sus hijas lo que sintió esa noche en el vestíbulo del hotel, cuando marcó el número del banco y bloqueó las tarjetas.

Nunca les dijo que, por un momento, sintió un alivio inmenso. Un alivio casi cruel. Como si por fin pudiera castigarlos por todas las veces que la hicieron sentir sola.

Nunca les dijo que, mientras el taxista la llevaba al hospital, pensó que Dios le estaba dando una lección. Que la estaba castigando por haber sido rencorosa, por haber bloqueado las tarjetas, por haber deseado no esperar más.

Pero también nunca les dijo que, al ver a Karina despierta en esa cama de hospital, entendió algo que no había entendido en cuarenta y dos años de maternidad.

Entendió que los hijos no son una inversión que uno cobra. No son una tarjeta que uno bloquea cuando se porta mal. No son un mensaje que uno deja en visto.

Los hijos son personas. Personas que cometen errores, que se equivocan, que a veces olvidan llamar. Pero que también son las únicas personas en el mundo que, cuando uno se cae, aunque sea a los sesenta y cinco años, van a estar ahí para levantarlo.

O al menos eso quiso creer.

Porque Andrés ya no iba a estar. Y esa era una lección que Marta habría preferido no aprender nunca.

La tarjeta de Andrés sigue bloqueada. No porque Marta la haya querido bloquear, sino porque ya nadie la va a usar. Nadie va a pagar con ella, nadie va a comprar con ella, nadie va a llamar al banco para reportarla.

Es solo un pedazo de plástico guardado en una gaveta, con el nombre de un hijo que se fue antes de tiempo.

Y cada vez que Marta la ve, cuando abre esa gaveta buscando algo, se queda un segundo mirando el nombre. Andrés Vélez. Y le dice bajito, como si él pudiera oírla:

—Te quiero, mi niño. Aunque nunca te lo dije lo suficiente.

El sillón del vestíbulo

Meses después, Marta volvió al hotel.

No para esperar a nadie. Solo para pasar por el frente, para mirar ese vestíbulo que tantas veces la había visto sentada, con el bolso apretado y el pañuelo en la mano.

El mismo portero seguía ahí. El mismo joven de la recepción, ahora con un poco más de canas.

—Señora Marta —dijo, sorprendido—. ¿Cómo está?

—Bien, hijo. Bien, gracias.

—¿Viene a esperar a alguien?

Marta sonrió. Una sonrisa distinta, de esas que se forman después de haber llorado mucho.

—No, mi amor. Ya no espero a nadie. Ahora soy yo la que llega a tiempo.

El muchacho no entendió del todo, pero le sonrió igual.

Marta caminó hasta la puerta giratoria y se quedó un momento mirando el sillón verde. El mismo sillón. La misma luz. La misma música de piano.

Pero ella ya no era la misma.

Sacó el teléfono del bolso. Abrió el chat familiar. Y escribió, con los dedos firmes:

"Los espero en casa el domingo. A las doce. Traigan hambre, que voy a cocinar."

En menos de un minuto, llegaron las respuestas. Karina, con un corazón. Lucía, con un "ahí estaremos, mami". Y un mensaje que no llegó, de un número que ya no existe.

Marta guardó el teléfono y sonrió. Y en esa sonrisa había algo que no había estado ahí antes. No era felicidad plena. No era paz completa. Pero era algo.

Era la certeza de que, a pesar de todo, a pesar del accidente, a pesar de la pérdida, a pesar de los cuarenta minutos que la dejaron sola en un vestíbulo, la vida seguía. Y que ella, doña Marta Vélez, viuda de Escobar, madre de tres hijos, uno en el cielo y dos en la tierra, todavía tenía cosas que hacer.

Todavía tenía domingos que cocinar.

Todavía tenía nietos que esperar.

Todavía tenía, a pesar de todo, una familia que la necesitaba.

Se dio la vuelta y salió del hotel, sin mirar atrás. El sol de la tarde le dio en la cara, y por primera vez en mucho tiempo, no sintió que estaba esperando nada.

Porque ya no esperaba. Ya no bloqueaba. Ya no resentía.

Ya solo vivía.

Y eso, después de todo lo que había pasado, era suficiente.

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