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(Parte 2) La Historia completa: Laurita encontró un teléfono en la guantera y lo que dijo por él cambió la persecución

Lo que empezaste a leer allá afuera se quedó a mitad de camino, y aquí es donde por fin sabrás cómo termina esta noche que nadie en el rancho va a olvidar.

No podía respirar. No por el miedo, sino por la velocidad con la que Carlos tomaba las curvas de la carretera vieja, esa que estaba llena de baches y piedras sueltas y que solo los que conocían bien el terreno se atrevían a manejar de noche.

Laurita se aferraba al asiento con las dos manos, mirando por el espejo retrovisor cómo los faros de la camioneta de los hombres de Teco se acercaban y se alejaban, como si jugaran con ellos.

—Agárrate bien —le dijo Carlos, con la mandíbula apretada y las manos blancas de tanto apretar el volante.

—Ya me estoy agarrando —respondió ella, con la voz temblando.

El motor rugía. Las llantas levantaban polvo que se metía por las ventanas entreabiertas y les picaba en los ojos.

El teléfono en la guantera

Laurita llevaba casi un minuto entera mirando la guantera. No sabía por qué. Solo sabía que algo le decía que ahí podía haber una respuesta.

—¿Qué buscas? —preguntó Carlos sin quitar la vista del camino.

—No sé. Algo.

—Laurita, estamos huyendo, no es momento de—

—¡Espera!

Abrió la guantera de un tirón. Adentro había papeles viejos, una linterna sin pilas, un par de guantes de trabajo y, debajo de todo, un teléfono celular negro, viejo, de esos que ya casi nadie usa pero que todavía sirven para lo básico.

Lo tomó con las dos manos como si fuera un tesoro.

—Hay un teléfono —dijo.

—¿Tiene batería?

Laurita lo encendió. La pantalla iluminó su cara con una luz azulada y fría.

—Sí. Tiene dos rayas de señal.

Carlos soltó una risa corta, casi sin creerlo.

—Marca. Rápido.

Laurita no lo pensó dos veces. Sus dedos, temblorosos pero firmes, marcaron el número de memoria, ese que se sabía desde niña, el que nunca había cambiado y que jamás iba a olvidar.

Don Rodrigo.

La llamada que lo cambió todo

El teléfono sonó una vez. Dos veces. A la tercera, una voz ronca y adormilada contestó al otro lado.

—¿Aló?

—¡Papá! ¡Papá, soy yo, Laurita!

Del otro lado hubo un silencio de medio segundo, ese silencio que solo los padres conocen cuando escuchan a un hijo con miedo en la voz.

—¿Laurita? ¿Qué pasa? ¿Dónde estás?

—Papá, escúchame bien, por favor, no me interrumpas —dijo ella, y las lágrimas ya le rodaban por las mejillas—. Nos están persiguiendo. Los hombres de Teco. Vamos en una camioneta por la carretera vieja, la que pasa cerca de tu rancho. Carlos va manejando.

Se escuchó un ruido al otro lado, como si alguien se hubiera levantado de la cama de golpe.

—¿Estás herida?

—No. No, estoy bien. Pero están muy cerca, papá. Muy cerca.

—Dame la ubicación exacta. ¿En qué parte de la carretera?

Laurita miró por la ventana, tratando de reconocer algo en la oscuridad.

—Acabamos de pasar el puente de piedra. El que está antes del rancho. Como a diez minutos de la entrada.

—Escúchame bien, mi amor —dijo Don Rodrigo, y su voz ya no era la de un hombre dormido, sino la de un padre que se prepara para la guerra—. No cuelgues. Y no te sueltes. Voy para allá.

—Papá, ten cuidado, están armados, tienen—

—No me importa lo que tengan —la cortó él—. Si le ponen un dedo encima a mi hija, van a saber quién es Rodrigo Salazar.

Y colgó.

El rescate que se estaba cocinando

Don Rodrigo se levantó de la cama como si tuviera veinte años menos. Se puso los pantalones de trabajo que había dejado sobre la silla, las botas, y agarró la camisa a medio poner.

Su esposa se despertó con el escándalo.

—¿Rodrigo? ¿Qué pasa?

—Laurita está en problemas. Vienen detrás de ella en la carretera vieja. Voy a sacarla.

La mujer se llevó las manos a la boca.

—¿Llamamos a la policía?

—No hay tiempo. Esos hombres son de Teco, y Teco tiene gente metida en todos lados. La única persona en la que confío para esto es Jacinto.

Salió de la recámara a paso firme y cruzó el patio de la casa. La luna estaba alta y el aire frío le golpeó la cara, pero ni lo sintió.

Llegó al cuarto de Jacinto y golpeó la puerta con la palma abierta.

—¡Jacinto! ¡Levántate, ya!

Del otro lado se escuchó un gruñido y luego el ruido de las cobijas.

—¿Qué pasa, patrón? —preguntó el hombre cuando abrió la puerta, con los ojos entrecerrados.

—Se llevaron a Laurita. Bueno, no. Ella alcanzó a escapar con Carlos, pero los están persiguiendo. Vamos por ellos.

Jacinto, que llevaba veinte años trabajando para Don Rodrigo y que había visto crecer a Laurita desde que era una niña de trenzas, no preguntó nada más.

—Voy por las llaves —dijo, y desapareció adentro.

La camioneta y la carretera

Don Rodrigo subió a su camioneta, una Ford vieja pero fuerte, de esas que aguantan todo. Jacinto saltó al asiento del copiloto con una escopeta en las manos.

—¿Cargada? —preguntó Don Rodrigo.

—Siempre.

El motor encendió al primer intento. Las luces barrieron el patio y luego la camioneta salió disparada hacia la carretera.

—¿Sabes dónde están? —preguntó Jacinto.

—Cerca del puente de piedra. Laurita me dijo que ya lo habían pasado.

—Entonces van hacia el rancho. Si siguen así, en quince minutos están en la entrada.

—Por eso mismo tenemos que interceptarlos antes.

Don Rodrigo pisó el acelerador a fondo. La camioneta saltó sobre los baches de la carretera de tierra que llevaba a la vía principal.

—Patrón —dijo Jacinto, mirando por la ventana—, si esos hombres son de Teco, van a venir armados. Y no van a dudar en disparar.

—Ya lo sé.

—¿Y usted está dispuesto a hacer lo que haya que hacer?

Don Rodrigo no respondió de inmediato. Miró la carretera oscura frente a él, los árboles que pasaban como sombras, la luna que iluminaba apenas el camino.

—Por mi hija —dijo al fin—, soy capaz de cualquier cosa.

Jacinto asintió y se acomodó en el asiento, con la escopeta apoyada sobre las piernas.

—Entonces vamos.

Mientras tanto, en la camioneta que huía

Laurita seguía con el teléfono apretado en la mano, aunque ya no había nadie al otro lado.

—¿Qué dijo? —preguntó Carlos.

—Que viene. Que no colgara. Pero colgó él.

—Tu papá sabe lo que hace.

—Lo sé. Pero no puedo dejar de pensar que algo puede salir mal.

Carlos tomó una curva cerrada y las llantas chirriaron. Laurita se golpeó el hombro contra la puerta.

—Perdón.

—No te preocupes. Solo llévame viva a la entrada del rancho.

Carlos la miró un segundo, lo justo para que sus ojos se encontraran en la penumbra.

—Te voy a sacar de esta, Laurita. Te lo prometo.

Antes de que ella pudiera responder, un golpe seco sonó detrás de ellos. Un disparo.

Laurita gritó.

—¡Agáchate! —le ordenó Carlos.

Ella se deslizó hacia abajo en el asiento, con la cabeza entre las rodillas y los brazos cubriéndose la nuca.

—Están disparando a las llantas —dijo Carlos, mirando por el espejo—. Si nos pinchan una, se acabó.

—¿Qué hacemos?

—Seguir. Solo seguir. Tu papá va a llegar.

Otro disparo. Esta vez la camioneta se sacudió y Carlos luchó con el volante para mantenerla en el camino.

—Nos dieron en la parte de atrás —dijo—. Pero no es la llanta. Todavía aguanta.

—Carlos…

—No te me pongas a llorar ahora, por favor. Necesito que estés fuerte.

Laurita respiró hondo. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

—Estoy fuerte.

—Bien. Porque vamos a necesitar toda la fuerza que tengamos.

La entrada del rancho

El portón del rancho apareció a lo lejos, iluminado apenas por una lámpara de gas que Don Rodrigo dejaba encendida todas las noches.

—Ya casi llegamos —dijo Carlos.

—Pero no podemos entrar —dijo Laurita—. Si entramos, ellos van a saber dónde vivimos. Van a venir por todos.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Laurita pensó rápido. Su papá venía en camino. Si seguían hacia el rancho, los hombres de Teco sabrían exactamente dónde encontrarlos. Pero si se detenían, los alcanzaban.

—No entres —dijo al fin—. Pasa de largo y sigue hacia la loma. Ahí hay un camino que sube y desde arriba se ve toda la carretera. Si mi papá viene, lo vamos a ver.

Carlos asintió y pasó de largo la entrada del rancho. Los hombres de Teco, confundidos, siguieron detrás.

—¿Por qué no entraron? —se escuchó gritar a uno de ellos desde la otra camioneta.

—No sé. Sigue.

La camioneta de Carlos subió la loma con esfuerzo. El motor protestaba, pero aguantaba.

Cuando llegaron a la cima, Carlos apagó las luces y frenó.

—¿Qué haces?

—Si seguimos, nos van a alcanzar antes de que tu papá llegue. Aquí, en la oscuridad, tenemos ventaja. Los vemos venir desde arriba.

Laurita miró hacia la carretera. Los faros de la camioneta de Teco se veían a lo lejos, avanzando lentamente, como si buscaran algo.

—No nos vieron subir —dijo.

—No. Por ahora.

La espera más larga

Los minutos pasaron como horas. Laurita y Carlos estaban agachados detrás de la camioneta, escondidos entre los arbustos, mirando la carretera.

—¿Y si no viene? —preguntó ella en un susurro.

—Viene.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Porque yo también tengo padre. Y sé que un padre no deja a su hija tirada en medio del monte.

Laurita sintió que las lágrimas volvían, pero esta vez no las dejó salir. Se mordió el labio y siguió mirando.

Abajo, en la carretera, la camioneta de Teco se había detenido. Uno de los hombres bajó y encendió una linterna, barriendo el camino.

—Se dieron cuenta de que no estamos —dijo Carlos.

—¿Qué van a hacer?

—No sé. Pero si suben, tenemos que estar listos.

Carlos agarró una piedra grande del suelo.

—¿Eso es tu plan? ¿Una piedra?

—Es lo que hay.

Laurita miró a su alrededor. Había una rama gruesa tirada cerca.

—Yo tengo esto —dijo, tomándola.

Carlos sonrió a medias.

—Esa es mi Laurita.

La llegada de Don Rodrigo

Y entonces, a lo lejos, aparecieron. Dos faros redondos, conocidos, avanzando rápido por la carretera.

—¡Es mi papá! —gritó Laurita, y por poco se levanta.

Carlos la detuvo.

—Espera. No te muevas hasta que estén cerca.

La camioneta de Don Rodrigo pasó como un bólido junto a la de Teco. Los hombres, sorprendidos, no alcanzaron a reaccionar.

Don Rodrigo frenó unos metros más adelante y bajó con la escopeta en la mano. Jacinto hizo lo mismo.

—¡Laurita! —gritó Don Rodrigo, mirando hacia todos lados.

—¡Aquí, papá! ¡En la loma!

Don Rodrigo levantó la vista y los vio. Su cara cambió. La angustia se convirtió en alivio.

—¡Bajen de ahí! ¡Rápido!

Laurita y Carlos corrieron loma abajo, resbalando en la tierra suelta. Cuando Laurita llegó al lado de su padre, se lanzó a sus brazos.

—Papá…

—Ya estás aquí. Ya estás aquí. —Don Rodrigo la apretó contra su pecho, con los ojos brillantes—. No te me sueltes.

Jacinto se acercó a Carlos.

—¿Estás bien, muchacho?

—Sí. Un poco golpeado, pero bien.

—Bien. Ahora agáchate, porque esto no ha terminado.

El enfrentamiento

Los hombres de Teco habían dado vuelta y ya venían de regreso. Eran tres en la camioneta.

Don Rodrigo se puso delante de Laurita.

—Jacinto, llévalos al rancho. Yo me encargo de esto.

—Patrón, no puedo dejarlo solo.

—Es una orden.

Jacinto dudó un segundo, pero obedeció. Tomó a Laurita del brazo y la llevó hacia la camioneta.

—Vamos, niña.

—No. No quiero dejar a mi papá.

—Tu papá sabe lo que hace. Confía en él.

Carlos ayudó a Jacinto a subir a Laurita a la camioneta. Ella miraba hacia atrás, con el corazón en la garganta.

Don Rodrigo se quedó solo en medio de la carretera, con la escopeta en la mano.

La camioneta de los hombres de Teco se detuvo a unos metros.

—Buenas noches, Don Rodrigo —dijo uno de ellos, bajando la ventana—. Bonita noche para un paseo.

—Díganme quién los mandó —respondió él, sin bajar la escopeta.

—Usted sabe perfectamente quién. El señor Teco quiere hablar con su hija. Nada más.

—Mi hija no tiene nada que hablar con ese hombre.

—Eso no es lo que dice el señor Teco.

—Entonces díganle que si quiere hablar con mi hija, va a tener que pasar por encima de mí.

El hombre sonrió.

—No queremos problemas, Don Rodrigo. Solo entregue a la muchacha y todo queda tranquilo.

—No.

—Piénselo bien. Somos tres. Usted está solo.

—Eso no importa.

—¿Ah, no?

El hombre hizo una seña y los otros dos bajaron de la camioneta, con pistolas en las manos.

Don Rodrigo no se movió.

—El primer disparo que salga de aquí —dijo, con una calma que helaba la sangre—, va a dar justo en la cabeza del que está hablando.

El hombre se quedó quieto. Sabía que Don Rodrigo no estaba bromeando. Todo el pueblo sabía que Don Rodrigo Salazar había sido un hombre de cuidado en su juventud, y que nunca había perdido esa fama.

—Está bien —dijo el hombre al fin—. Pero esto no se queda así. El señor Teco va a saber lo que pasó aquí.

—Díganle lo que quieran. Pero si vuelven a acercarse a mi familia, no voy a ser tan amable.

Los hombres subieron de nuevo a la camioneta y dieron vuelta. Los faros se alejaron por la carretera.

Don Rodrigo se quedó parado ahí un minuto más, con la escopeta todavía en las manos, respirando profundo.

Luego bajó el arma y se subió a su camioneta.

El regreso al rancho

Cuando llegaron al rancho, la luz de la cocina estaba encendida. Doña Esperanza, la mamá de Laurita, estaba en la puerta con un rebozo sobre los hombros, esperando.

—¡Laurita! —gritó cuando vio a su hija bajar de la camioneta.

—¡Mamá!

Se abrazaron. Doña Esperanza le acarició la cara, el pelo, como si quisiera asegurarse de que estaba completa.

—¿Estás bien? ¿Te hicieron algo?

—No, mamá. Estoy bien. Carlos me protegió.

Doña Esperanza miró a Carlos, que estaba parado a un lado, con la camisa rasgada y una herida en el brazo.

—Ven acá, muchacho —dijo, y lo abrazó también—. Gracias. Gracias por cuidar a mi hija.

Carlos se quedó quieto, sorprendido.

—Fue lo mínimo que pude hacer, señora.

Don Rodrigo entró a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Jacinto lo siguió.

—¿Cree que vuelvan? —preguntó Jacinto.

—No esta noche. Pero ya sabemos cómo trabaja Teco. No va a soltar el asunto.

—¿Y entonces?

—Entonces mañana vamos a tener que hablar con la gente del pueblo. Con el comisario, con los demás rancheros. Si Teco quiere guerra, va a tener guerra.

Laurita, que había entrado a la cocina, escuchó esas últimas palabras.

—Papá…

—No te preocupes, mi amor. Por hoy, ya pasó. Descansa.

—No puedo descansar. Todavía tengo el corazón acelerado.

Don Rodrigo la miró con ternura.

—Entonces siéntate. Te preparo un té.

Laurita se sentó en la mesa de la cocina, con las manos todavía temblando. Carlos se sentó a su lado.

—¿Estás bien? —le preguntó él en voz baja.

—No sé. Creo que sí. Creo que todavía no me cae el veinte.

—Es normal.

—¿Y tú?

—Yo estoy bien. Un poco adolorido, pero bien.

—Gracias, Carlos.

—Ya te dije que no tienes que agradecerme.

—Sí tengo que hacerlo. Si no hubieras estado ahí…

—Pero estuve. Y estoy. Y voy a seguir estando.

Laurita lo miró. En sus ojos había algo que no había visto antes. Algo que se parecía mucho a la promesa.

Lo que pasó después

Esa noche, nadie durmió bien en el rancho. Don Rodrigo se quedó en la sala, con la escopeta al lado, mirando por la ventana. Jacinto dormitaba en una silla, con el sombrero sobre la cara.

Doña Esperanza se quedó con Laurita en su cuarto, acariciándole el pelo hasta que ella se quedó dormida.

Carlos durmió en el cuarto de los peones, con una venda en el brazo que Doña Esperanza le había puesto.

A la mañana siguiente, cuando salió el sol, todo se vio distinto. La carretera ya no era una amenaza. El rancho ya no era un escondite. Era el lugar donde Laurita había vuelto a nacer.

Don Rodrigo salió al patio con una taza de café en la mano.

—Buenos días —dijo cuando vio a Carlos salir del cuarto.

—Buenos días, Don Rodrigo.

—¿Cómo está el brazo?

—Mejor. Gracias.

—Bien.

Don Rodrigo se quedó callado un momento, mirando el horizonte.

—Quiero agradecerte —dijo al fin—. Por lo que hiciste por mi hija.

—No tiene que agradecerme, señor.

—Sí tengo que hacerlo. Y también tengo que decirte algo.

—¿Qué cosa?

—Que si vuelves a poner a mi hija en peligro, no importa cuánto la quieras, voy a venir por ti.

Carlos lo miró a los ojos.

—Lo entiendo, señor. Y le prometo que mientras yo esté vivo, nada le va a pasar a Laurita.

Don Rodrigo lo estudió un momento. Luego asintió.

—Más te vale.

Y le tendió la mano. Carlos la estrechó.

El mensaje que llegó esa tarde

Ese día, mientras Laurita ayudaba a su mamá en la cocina, llegó un mensaje al teléfono de Don Rodrigo.

Era de un número desconocido.

—Si quieres que tu familia siga viva, vas a tener que hacer un trato conmigo. Nos vemos mañana en el pueblo. Solo. Teco.

Don Rodrigo leyó el mensaje dos veces. Luego lo borró.

—¿Quién era? —preguntó Laurita.

—Nadie. Un asunto de trabajo.

—Papá…

—Te dije que no te preocuparas.

—Pero yo sé que algo pasa. Te conozco.

Don Rodrigo suspiró.

—Es Teco. Quiere verme mañana.

Laurita sintió un frío en el estómago.

—No vayas.

—Tengo que ir.

—No. Papá, ese hombre es peligroso. Nos va a hacer algo.

—Escúchame bien —dijo Don Rodrigo, tomándole las manos—. Yo he enfrentado cosas peores que Teco. Y siempre he salido adelante. Porque tengo algo por lo que luchar.

—¿Qué cosa?

—A ti. A tu mamá. A esta familia. Y a eso no lo voy a dejar ir por nada del mundo.

Laurita se abrazó a su padre.

—Entonces voy contigo.

—No.

—Papá…

—No. Y no discutas conmigo.

La decisión de Carlos

Carlos escuchó la conversación desde la puerta. No dijo nada en ese momento. Pero esa noche, cuando todos dormían, salió al patio y se quedó mirando la luna.

Jacinto lo encontró ahí.

—¿No puede dormir?

—No.

—Es normal. Después de una noche así, uno tarda en volver a la normalidad.

—¿Qué va a pasar, Jacinto?

—No sé. Pero lo que sea, vamos a enfrentarlo.

—Don Rodrigo va a ver a Teco mañana.

—Lo sé.

—¿Y si no vuelve?

Jacinto lo miró con seriedad.

—Don Rodrigo ha salido de cosas peores, muchacho. Confía en él.

—No es que no confíe. Es que no quiero que Laurita pierda a su padre.

—No lo va a perder. Y si te sirve de algo, yo voy a estar ahí, escondido, por si las cosas se ponen feas.

—¿Habló con Don Rodrigo?

—No. Pero no necesito su permiso para cuidarlo.

Carlos asintió.

—Entonces yo también voy.

—No. Tú quédate con Laurita. Si algo sale mal, alguien tiene que protegerla.

Carlos lo pensó un momento. Luego asintió.

—Está bien.

—Bien. Ahora vete a dormir. Mañana va a ser un día largo.

El día del encuentro

A la mañana siguiente, Don Rodrigo se levantó antes que todos. Se puso su camisa de trabajo, sus botas, y se colgó la escopeta al hombro.

Doña Esperanza lo vio desde la cocina.

—Rodrigo…

—No me digas nada. Ya lo decidí.

—No te iba a decir nada. Solo… ten cuidado.

—Siempre.

Se acercó a ella y le dio un beso en la frente.

—Cuida a Laurita.

—Siempre.

Don Rodrigo salió al patio. Jacinto ya estaba ahí, esperándolo.

—¿Listo, patrón?

—Listo.

Subieron a la camioneta y arrancaron hacia el pueblo.

Laurita se despertó justo cuando el motor se alejaba. Corrió a la ventana y vio la camioneta perdiéndose en la carretera.

—Papá…

Carlos entró al cuarto.

—¿Estás bien?

—No. Pero tengo que estarlo.

—¿Qué quieres hacer?

—Ir. Seguirlos.

—Don Rodrigo me dijo que te cuidara.

—Y me estás cuidando. Vienes conmigo.

Carlos la miró. Sabía que no iba a poder convencerla de lo contrario.

—Está bien. Pero si algo pasa, me dejas a mí adelante. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

El encuentro en el pueblo

Don Rodrigo llegó al pueblo a las nueve de la mañana. Se estacionó frente a la cantina, ese lugar que conocía desde joven y que ahora estaba cerrado.

Jacinto se quedó en la camioneta.

—Si algo pasa, toco el claxon tres veces —le dijo Don Rodrigo.

—Entendido.

Don Rodrigo entró a la cantina. Adentro, en una mesa al fondo, estaba Teco.

Era un hombre grueso, de bigote espeso y ojos pequeños. Vestía un traje que le quedaba apretado.

—Don Rodrigo —dijo, sin levantarse—. Siéntese.

—Prefiero estar de pie.

—Como quiera.

—¿Qué quieres?

—Directo al grano. Me gusta eso.

Teco se sirvió un trago de la botella que tenía en la mesa.

—Quiero el terreno de tu rancho.

—No está en venta.

—No estoy hablando de compra. Estoy hablando de que me lo vas a dar.

—¿Y por qué haría eso?

—Porque si no lo haces, tu hija va a pagar las consecuencias.

Don Rodrigo apretó los puños.

—Si le pones un dedo encima a mi hija, te juro por Dios que no vas a vivir para contarlo.

—Esas son palabras mayores, Don Rodrigo.

—Y las cumplo.

Teco se rio.

—Me gustas. Tienes agallas. Pero esto no es una película, Don Rodrigo. Esto es la vida real. Y en la vida real, los que tienen poder son los que ganan.

—¿Y tú crees que tienes poder?

—Tengo dinero. Tengo gente. Tengo influencias.

—Pero no tienes honor.

Teco se quedó callado un momento.

—Última oferta —dijo—. El rancho, o tu hija.

Don Rodrigo lo miró a los ojos.

—Ni el rancho, ni mi hija.

Y sin decir más, dio media vuelta y salió de la cantina.

Teco se quedó ahí, con el vaso en la mano.

—Entonces va a ser por las malas —murmuró.

Lo que pasó después

Don Rodrigo salió de la cantina y subió a la camioneta.

—¿Cómo le fue? —preguntó Jacinto.

—Como esperaba. No hay trato.

—¿Y ahora?

—Ahora vamos a prepararnos. Teco va a venir. Y esta vez no va a mandar a sus hombres. Va a venir él.

—¿Y qué hacemos?

—Llamar a los demás rancheros. A los que todavía tienen dignidad. Si nos unimos, podemos enfrentarlo.

Jacinto asintió.

—Voy a avisar a los hermanos del norte. Ellos siempre han sido leales.

—Bien. Y yo voy a hablar con el comisario.

—¿Cree que sirva de algo?

—No lo sé. Pero hay que intentarlo.

Arrancaron de regreso al rancho. En el camino, Don Rodrigo pensó en Laurita. En su cara cuando la abrazó esa noche. En cómo temblaba. En cómo lo miró cuando le dijo que no se preocupara.

—Voy a protegerte —dijo en voz baja—. Te lo prometo.

La llegada al rancho

Cuando llegaron, Laurita y Carlos ya estaban listos para salir.

—¿Qué hacen? —preguntó Don Rodrigo al verlos.

—Íbamos a buscarte —dijo Laurita.

—No tenían que hacer eso.

—Sí teníamos.

Don Rodrigo la miró. Luego miró a Carlos.

—¿Y tú?

—Yo solo la acompaño, señor.

Don Rodrigo suspiró.

—Está bien. Ya que están aquí, vamos a hablar. Porque lo que viene no va a ser fácil.

Entraron todos a la casa. Doña Esperanza sirvió café y se sentaron en la mesa.

—Teco quiere el rancho —dijo Don Rodrigo—. Y no va a parar hasta conseguirlo.

—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Laurita.

—Vamos a pelear.

—¿Con quién?

—Con todos los que estén dispuestos a ayudarnos.

—¿Y si no son suficientes?

—Entonces peleamos solos.

Laurita miró a su padre. En sus ojos vio la misma determinación que había visto esa noche en la carretera.

—Papá, yo voy a estar contigo. Pase lo que pase.

—Lo sé, mi amor. Lo sé.

Carlos tomó la mano de Laurita.

—Y yo también.

Don Rodrigo los miró a los dos. Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió.

—Entonces no estamos tan solos después de todo.

La noche antes de la tormenta

Esa noche, el rancho se llenó de gente. Los hermanos del norte llegaron con sus camionetas. Los rancheros vecinos también.

Todos sabían lo que estaba en juego. Todos sabían que si Teco se salía con la suya, ninguno estaría a salvo.

Don Rodrigo habló con ellos en el patio, bajo la luz de la luna.

—No voy a mentirles —dijo—. Esto va a ser difícil. Teco tiene más hombres, más armas, más dinero. Pero nosotros tenemos algo que él no tiene.

—¿Qué cosa? —preguntó uno.

—Tenemos razón. Y tenemos familia. Y cuando se pelea por la familia, no hay fuerza en el mundo que te detenga.

Los hombres asintieron.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó otro.

—Prepararnos. Mañana, al amanecer, vamos a recibir a Teco. Y le vamos a demostrar que este pueblo no se dobla.

La noche pasó entre preparativos y conversaciones en voz baja. Laurita ayudó a su mamá a preparar comida para todos. Carlos cargó balas con Jacinto. Don Rodrigo revisó su escopeta una y otra vez.

Al filo de la medianoche, Laurita salió al patio. Carlos estaba ahí, solo, mirando las estrellas.

—¿No puedes dormir? —le preguntó.

—No.

—Yo tampoco.

Se quedaron callados un momento.

—Carlos…

—¿Sí?

—Gracias. Por todo. Por lo de anoche. Por quedarte.

—No tienes que agradecerme.

—Sí tengo que hacerlo.

Carlos la miró.

—Laurita, yo… yo no sé qué va a pasar mañana. Pero quiero que sepas algo.

—¿Qué cosa?

—Que desde hace mucho tiempo, yo… yo siento algo por ti. Algo que no puedo explicar.

Laurita sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Carlos…

—No tienes que decir nada. Solo quería que lo supieras. Por si mañana…

—No digas eso.

—Perdón.

Laurita se acercó a él y le tomó la mano.

—Yo también siento algo por ti. Desde hace mucho.

Carlos la miró con sorpresa.

—¿En serio?

—En serio.

Se quedaron ahí, tomados de la mano, mirando la luna. Sin decir nada más. Porque no hacía falta.

El amanecer

El sol salió rojo sobre el rancho. Los hombres ya estaban en posición. Don Rodrigo en el centro, con la escopeta en la mano. Jacinto a su derecha. Carlos a su izquierda. Y Laurita, detrás, con su madre.

A lo lejos, se levantó una nube de polvo.

—Ya vienen —dijo Jacinto.

Don Rodrigo apretó la escopeta.

—Que vengan.

La camioneta de Teco apareció en la carretera, seguida de otras dos. Se detuvieron a unos metros de la entrada del rancho.

Teco bajó, con las manos en los bolsillos.

—Don Rodrigo —dijo—. Veo que se preparó.

—Más vale prevenir.

—No tiene que ser así. Todavía podemos llegar a un acuerdo.

—No hay acuerdo posible. Te lo dije ayer.

Teco suspiró.

—Qué lástima. Porque yo tampoco puedo irme con las manos vacías.

Hizo una seña y sus hombres levantaron las armas.

Don Rodrigo no se movió.

—Antes de que disparen —dijo—, quiero que sepan algo. Este rancho está lleno de hombres que no van a dejar que le hagan daño a mi familia. Y no somos los únicos. Todo el pueblo está harto de ustedes. Así que pueden disparar. Pero les aseguro que no van a salir de aquí.

Teco lo miró. Por primera vez, vio algo en sus ojos que no esperaba. No era miedo. Era determinación.

—Está bien —dijo al fin—. Me retiro. Por ahora.

Subió a su camioneta y se fue, seguido de sus hombres.

Don Rodrigo bajó la escopeta y respiró profundo.

Laurita corrió hacia él y lo abrazó.

—¿Ya terminó?

—Por ahora. Pero esto no se queda así. Teco va a volver.

—¿Y qué vamos a hacer?

—Lo mismo que hicimos hoy. Resistir. Juntos.

Laurita miró a su alrededor. A su madre, a Carlos, a Jacinto, a todos los hombres que habían venido a ayudar.

—Entonces vamos a estar bien —dijo.

—Sí, mi amor. Vamos a estar bien.

El final

Esa noche, el rancho celebró. No con música ni con fiesta. Con comida sencilla y con la tranquilidad de saber que seguían vivos.

Don Rodrigo se sentó en la cabecera de la mesa, con Laurita a un lado y Doña Esperanza al otro. Carlos estaba frente a él. Jacinto, en la otra punta.

—Quiero hacer un brindis —dijo Don Rodrigo, levantando su vaso—. Por la familia. Por los amigos. Y por la valentía.

Todos levantaron sus vasos.

—Por la valentía.

Laurita miró a su padre. Luego a Carlos. Luego a su madre.

Y sonrió. Porque a pesar de todo, a pesar del miedo, a pesar de la persecución, de los disparos, del peligro que todavía no había terminado, sabía que estaba donde tenía que estar.

En su casa. Con su gente. Con los que la querían.

Y eso, al final del día, era lo único que importaba.

Don Rodrigo le dio un beso en la frente.

—Te quiero, mi amor.

—Yo también te quiero, papá.

Y así, en medio de la noche, con la luna alta y el aire frío, la familia Salazar se quedó junta, sabiendo que el mañana traería nuevos desafíos.

Pero también sabiendo que, mientras estuvieran unidos, no había nada que pudiera vencerlos.

Porque el amor de un padre no tiene límites.

Y la valentía de una hija tampoco.

FIN.

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