Después de humillar cruelmente al albañil que rogaba por la vida de su hija, ella abrió una vieja caja y descubrió un secreto que la obligaría a suplicarle perdón de rodillas.
PARTE 1: Mateo se quedó inmóvil junto al pozo, con la espalda tan rígida que a Jacinta se le heló la sangre. Luz, su pequeña hija, levantó la cabeza desde la sombra del mezquite, donde jugaba a construir una casita de piedras para su muñeca.
—Ve con las gallinas, mi vida —dijo él, con una voz que Jacinta nunca le había escuchado. Cuando la niña se alejó, Mateo recogió el cincel y lo guardó en su morral de ixtle. —Me han llamado flojo, ladrón y muerto de hambre. En Atemajac casi me matan por una herramienta que ni siquiera toqué. Pero usted… usted acaba de decir que uso el hambre de mi hija para robarle a una anciana.
—Yo solo pregunté. Me advirtieron sobre usted —se defendió Jacinta, aunque el orgullo ya le pesaba en la garganta. —Y yo entendí perfectamente su respuesta, señora. Se colgó el morral al hombro y caminó con pasos firmes hacia el portón. Jacinta lo vio alejarse y sintió el mismo hueco en el pecho que sintió 18 años atrás, cuando su hijo Emiliano salió por ese mismo lugar para no volver jamás. El miedo, un miedo atroz a la soledad, le ganó a la soberbia.
Avanzó tan rápido como su rodilla enferma se lo permitió y se aferró a uno de los postes nuevos que él mismo había colocado. —¡Mateo! Él se detuvo, pero no se volvió. El silencio se estiró como una soga. —Perdóneme —dijo ella, con la voz rota—. Hace 18 años otro hombre se fue por mi culpa. Pensé que desconfiar de todos era un escudo, y solo fue una celda que yo misma construí. Aprendí a quedarme sola, pero ya no quiero estarlo.
Mateo giró despacio, sus ojos oscuros fijos en ella. —No vuelva a llamarme ladrón. —No lo haré. —Y a Luz no le diga que casi nos vamos. Ella ya ha tenido suficientes despedidas. —Tampoco lo haré. Mateo regresó. Su trato ya no tenía la misma confianza de antes, pero terminó de reparar el pozo con una honestidad brutal. La grieta era más grave de lo que parecía. Podía taparla en 1 día y que se viera bonito, o podía desmontar media pared, volver a asentar la base y tardar 4 días.
—La segunda opción le cuesta 4 días de comida y techo —dijo Jacinta, probándolo—. Le convendría mentirme. Mateo frunció el ceño. —Si el agua se contamina y se muere su vaca, ¿cómo duermo yo tranquilo en las noches? Jacinta tuvo que meterse a la cocina. Era la misma frase que siempre decía Julián, su difunto esposo. El verdadero cambio, sin embargo, llegó con Humo, el gato tuerto que llevaba 7 años sin dejar que una mano humana lo tocara. Una tarde, Jacinta lo encontró panza arriba, ronroneando mientras Luz le rascaba la barriga.
—Ese animal muerde —advirtió. —A mí no —respondió la niña sin mirarla. —¿Y cómo lo sabes? Luz levantó la muñeca de trapo a la que le faltaba un brazo. —Porque a los que nos falta algo, no nos da miedo juntarnos con otros que también están rotos. Esa noche, Jacinta sirvió la cena en la mesa de la cocina. Tres platos. —Usted dijo que yo no podía entrar aquí —recordó Mateo desde la puerta. —También dije que se fuera. No convierta mis peores palabras en mandamientos, ándele. Durante la cena, los ojos de Luz recorrían las vigas del techo, el reloj de pared, las fotografías viejas. —¿No se pierde en una casa tan grande? —¿Cómo se va a perder una casa, criatura? —Es que nosotros dormimos en un lugar y al día siguiente en otro. A veces mi papá se despierta y tarda un ratito en acordarse dónde estamos. Mateo bajó la vista a su plato. Jacinta se levantó por la jarra de agua para que nadie viera las lágrimas que se le escapaban. Al día siguiente, un domingo soleado, llegó Don Ramiro Vargas en su camioneta. Sacó unos papeles viejos y afirmó que Julián había dejado sin pagar un préstamo de la gran sequía de hacía 12 años. Según sus cuentas, los intereses convertían la deuda en una cantidad que ella jamás podría pagar. —Puedo comprarle El Mezquite, liquidamos el adeudo y hasta le doy una casita detrás de la parroquia —ofreció con una sonrisa falsa—. A su edad necesita tranquilidad, no un rancho que se le cae a pedazos. —Julián pagó ese préstamo. Yo lo vi. —Pagó una parte. Tiene hasta fin de mes para liquidar el resto o entregarme las escrituras. Jacinta se quedó paralizada en el corredor. El mundo se le venía encima. Cuando Mateo la encontró, pálida y temblando, ella le contó todo. Él le preguntó si no guardaba una copia del contrato. Jacinta, como en un sueño, recordó la vieja caja de galletas donde Julián guardaba los papeles importantes. La bajaron del ropero, cubierta de polvo. Al abrirla, encima de todo, estaban las 4 cartas de Emiliano, con los sobres amarillentos y sellados. Frente a ella no solo estaba la posible ruina de su rancho, sino el fantasma del error que le había costado lo único que de verdad importaba en la vida.
PARTE 2: Mateo apartó con delicadeza las 4 cartas, colocándolas a un lado sin leer los destinatarios. Debajo encontraron escrituras, recibos de luz y, al fondo, el contrato original. Jacinta se puso los lentes que usaba para coser y leyó tres veces la cláusula de garantía. —La deuda estaba respaldada por la cosecha de maíz de ese año —dijo, con un hilo de voz—. No por el rancho. El papel lo dice claro. —Entonces Don Ramiro está mintiendo. —Pero tiene dinero, tiene influencias en el municipio y seguramente tiene una copia falsificada. Mateo hizo cuentas en su cabeza. Viajar a Guadalajara, contratar a un abogado y registrar una oposición legal costaría una fortuna. Jacinta no tenía ni el 15% de esa cantidad. —En Guadalajara hay mucha obra —dijo él—. Puedo trabajar 4 meses, 12 horas al día si es necesario. Juntamos el dinero. —Usted tiene una hija, Mateo. No puede dejarla. —Y esa hija necesita algo más que un padre que la carga para todos lados. Necesita un hogar. Un lugar que siga aquí mañana. Jacinta peleó con él durante una semana. Le ofreció vender a Canela, sus gallinas, el reloj de pared que fue de su abuelo. Mateo se negó a todo. Desesperada, Jacinta lo hirió donde sabía que más le dolería. —Te vas por dinero. Igual que se fue Maribel. Mateo dejó la marra que sostenía en el suelo. El golpe seco resonó en el patio. —Ella se fue para siempre. Yo me voy 4 meses y le estoy dando una fecha exacta de regreso. Esa, señora, es toda la diferencia. La fecha fue el 15 de noviembre. Mateo dejó a Luz con Jacinta, porque una construcción no era lugar para una niña. Antes de subir al camión que lo llevaría a la ciudad, se arrodilló frente a su hija. —Voy a regresar, mi Luz. —¿Lo juras? —Aunque tenga que venirme caminando, yo regreso. Los primeros días fueron difíciles. Luz dormía con la ropa puesta por miedo a que Jacinta la echara en cualquier momento. Para calmarla, Jacinta empezó a enseñarle las letras, usando un carbón para escribir sobre trozos de madera sobrante. Una noche, con las manos temblorosas, abrió la primera carta de Emiliano. En ella, su hijo le pedía perdón por haberse ido enojado. En la segunda, le contaba que había conseguido trabajo en una fábrica de vidrio soplado en Tlaquepaque. En la tercera, decía que intentó volver para el funeral de Julián, pero la noticia le llegó demasiado tarde. En la cuarta, escrita 11 años atrás, le suplicaba una respuesta y le dejaba una dirección, incompleta y borrosa. Jacinta lloró hasta que se le secó el alma. No había perdido a su hijo por una frase estúpida dicha en un mal día. Lo había perdido por 11 años de orgullo y silencio. Mateo enviaba cartas que le dictaba a un compañero de obra. Contaba que cargaba bultos de cemento, que dormía 4 horas y que no gastaba ni un peso en cerveza para que el dinero rindiera más. En Guadalajara, trabajaba en una torre de departamentos cerca del Periférico. El capataz, un hombre llamado Samuel, notó su habilidad y lo puso a corregir cimbras, pero Mateo seguía aceptando los turnos de noche porque pagaban extra. —Cómprate otras botas, Mateo —le aconsejó Samuel, al verle las suelas rotas—. Te vas a lastimar. —Estas todavía aguantan hasta el 15 de noviembre. Una tarde, una tabla cedió y Mateo cayó desde un andamio. Se golpeó fuerte la espalda y pasó dos días respirando con un dolor agudo, pero no dijo nada en su siguiente carta. —Escribe que estoy bien —le pidió a Samuel. —No estás bien, te vi cómo caminabas hoy. —Si Luz se entera que me caí, va a dormir junto al portón esperándome. Escribe que vi los cerros después de la lluvia y que me acordé de ella. Mientras tanto, en El Mezquite, Jacinta le enseñaba a Luz a ordeñar a Canela sin asustarla y a contar las gallinas cada tarde. La niña ya no dormía vestida, pero cada mañana preguntaba cuántos días faltaban para el 15 de noviembre. Jacinta marcaba una raya en la pared de la cocina, sin confesarle a la niña que ella también las contaba antes de irse a la cama. A finales de octubre, Mateo escribió que ya casi juntaba todo el dinero. Armada con esa esperanza, Jacinta enfrentó a Don Ramiro con el contrato original en una mano. —Tengo a un hombre bueno en Guadalajara que vuelve el 15 de noviembre a arreglar este asunto. —He visto a muchos irse a la ciudad, Jacinta —se burló él—. Casi ninguno vuelve. —Mateo sí va a volver. El 8 de noviembre, Jacinta cayó enferma. Una tos seca se le clavaba en el pecho y la fiebre no la dejaba ni caminar. Lo ocultó como pudo, temiendo que un recado hiciera que Mateo abandonara la obra antes de cobrar su último sueldo. Pero la fiebre era más fuerte que su voluntad. Luz la encontró una mañana, ardiendo en la cama, apenas consciente. Jacinta le dio el contrato con las pocas fuerzas que le quedaban. —Si me duermo mucho, mija… esperas a tu papá en el portón. Le entregas esto y le dices que no lo suelte por nada del mundo. El 15 de noviembre, Mateo bajó del camión con el dinero cosido por dentro de su camisa. Corrió los últimos kilómetros, con el corazón en la garganta. Desde la curva del camino vio la cerca firme, el patio silencioso y a Luz, sentada justo detrás del portón, con la plomada de Julián colgada del cuello como si fuera un amuleto. La niña no corrió a abrazarlo. Se levantó despacio y le entregó el contrato con ambas manos. Su carita estaba manchada de lágrimas secas. —Papá… —susurró la niña, con la voz rota—. Doña Jacinta no despierta. Lleva dos días sin abrir los ojos.
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